Hacia una nueva democracia

La democracia representativa actual ha sufrido un colapso debido al compulsivo fenómeno de la globalización.

06/01/2021
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Ilustración: https://www.pinterest.com
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Los seres humanos no somos ni completamente buenos ni completamente malos, reza un adagio. En nosotros habitan impulsos y deseos de todo tipo, que se manifiestan de mil maneras. El eros creador y el tánatos destructor se mueven en nuestra mente de modo permanente; los apetitos carnales y la sed, la necesidad de comida o habitat pueden generar celos, egoísmo, demarcación de territorios; a veces nos asombramos de nuestras reacciones primarias cuando defendemos nuestras propiedades, derechos o afectos. Para controlar todas estas reacciones y poder convivir, hemos suscrito un contrato social tácito con un sistema legal del Estado que esta ahí para ser respetado por todos, pues de lo contrario se armaría el desmadre completo. Tomaríamos lo que quisiéramos sin necesidad de trabajar.

 

Los filósofos empíricos ingleses Hobbes. Locke y Hume trataron de analizar esas pulsiones negativas (el hombre lobo del hombre) que los seres humanos debemos dominar; en Inglaterra se inventó un sistema parlamentario con representantes de varias tendencias de la sociedad para que éstos fueran portavoces de las diversas necesidades de los seres humanos, el cual funcionó bastante tiempo bien y es piedra angular de la gobernanza moderna: la democracia representativa; donde, en teoría, las diversas capas sociales quedan allí representadas, impidiendo que una sola tendencia política se imponga por mucho tiempo, pues una cosa sí está comprobada: cuando un partido político se impone demasiado tiempo en un parlamento o un gobierno, su tendencia será mantenerse en el poder, y a esa razón debemos las distorsiones posteriores: al acumular más y más poder e imponer tal hegemonía se vuelve tiranía bajo cualquiera de sus formas, con líderes que se apoderan de símbolos e imágenes colectivos para convertirlas en cultos a la personalidad: salvadores mesiánicos de nuevo cuño que asumen distintas formas de paternalismo, ya sean éstas civiles o militares, figuras heroicas o redentoras que prometen la deseada utopía.

 

Durante el siglo XX estos paternalismos gregarios tomaron muchas formas: caudillismo, populismo, maoísmo, militarismo, ayatolas, fundamentalismos carismáticos, alimentados algunos de ellos por héroes trágicos o románticos como los que protagonizaron las gestas de la Independencia de América, inspirados muchos de ellos en el sistema parlamentario inglés, sirviendo de inspiración a luchas en los siglos XX y XXI, al reivindicar la utopía americana de la Gran Colombia o la Nueva Granada, ambas fallidas; por desgracia seguirán así por una sencilla razón: se trata de sueños fantásticos irrealizables, pues las utopías, lejos de volverse dinámicas, se tornan estáticas y se petrifican en las mentes idealistas.

 

Lo más urgente hoy no es la unión europea, americana, asiática o africana, sino la simple convivencia pacífica de cada país con su vecino o con aquel que le convenga, sin tener que atenerse a ese macabro juego de la geopolítica mundial que nos tiene a todos en ascuas. Basta con que nos respetemos y nos ayudemos, y por supuesto que no nos dejemos imponer normas ni reglas de ningún otro país por ningún medio, pues está claro que los mandatarios de muchos países que se creen líderes del neoliberalismo también hacen el papel de dictadores y tiranos, al imponer por la fuerza sus métodos o sus ideas. Que cada país respete y se haga respetar de su vecino o de sus posibles aliados.

 

La democracia representativa actual ha sufrido un colapso debido al compulsivo fenómeno de la globalización, el cual se ha convertido en una ideología devoradora de los discursos históricos y filosóficos, y ha mermado el poder y el prestigio a las instituciones políticas y sociales para transferirlo a grandes familias pudientes, al negocio armamentístico de la guerra, a la bancocracia y a las empresas de comunicación global (tenemos ahí el ejemplo elocuente de Bill Gates, quien a través de su enorme poder crea los problemas y luego ofrece los remedios para solucionarlos); de tal modo los esfuerzos comunitarios y colectivos surgidos de necesidades reales de la población han quedado sepultados bajo una montaña de conceptos y prácticas mundialistas impuestas merced a la velocidad, la ganancia fácil y la complicidad automática del sistema bancario; mientras por otro lado hace su trabajo la industria del entretenimiento para contribuir a la destrucción de la cultura popular (y también de la cultura aristocrática, tan importante) por parte de la cultura de masas ahora global, la cultura del entretenimiento y los negocios que algunos han llamado contracultura. De modo que hoy tenemos un combate entre dos esencialismos: el fundamentalismo religioso y una teología del dinero encarnada en el mercado, que se acentúa cada día más.

 

Los esfuerzos que hagamos en adelante para sacar del atolladero a una sociedad que no encuentra sus caminos deben ser osados, empantanada como está en negocios sucios, narco estados, monarquías obsoletas, drogas, guerras híbridas, injerencias militares, amenazas y sanciones unilaterales, fake news que han socavado la credibilidad de parlamentos, organismos y cortes internacionales y han dado al traste con la ética de las instituciones, al mercantilizar sus funcionamientos. El caso de la educación es grave, pues ésta se ha convertido en una empresa rentable, más que un espacio de saberes y sensibilidad que puedan ser útiles al conjunto de la sociedad; el mercado subsume e ideologiza el conocimiento y lo vende como mercancía. Se ha dado el caso de funcionarios estatales sobornados para que respondan a tales o cuales intereses, corrompiendo así el tejido mismo de la ciudadanía. Y donde no hay ciudadanía, pues sencillamente no puede haber una relación social sana ni un horizonte de avance cualitativo.

 

¿Qué hacer? Pues organizarnos por nuestra cuenta, utilizando otros esquemas de convivencia y bajo otros principios que retomen la idea de una democracia fundada en la equidad que, sin dejar de ser representativa de los verdaderos deseos de la mayoría, también ponga su voluntad para que un gobierno realmente popular se convierta en una herramienta de soluciones prácticas para los colectivos emergentes que tenemos el deber de fundar con urgencia, para construir una nueva democracia.

 

 

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