La poesía y la ciencia, juntas en el futuro

Edgar Morin invita a tomar la Tierra como patria, más allá de las fronteras geográficas como planeta que está sufriendo daños muy graves e irreversibles en todos los órdenes.

22/02/2021
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Edgar Morin
https://www.youtube.com/watch?v=b4H65xIwyII
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Glosa a unas ideas de Edgar Morin

 

Siempre me han llamado la atención las ideas de Edgar Morin sobre lo que él denomina el pensamiento complejo, en su llamado a intentar vivir el éxtasis de la historia como ideal concreto de la cotidianidad, un ideal que comporta una esperanza real para los seres humanos, en la encrucijada actual de barbarie civilizada donde nos acechan algunos monstruos, además de aquellos derivados del capitalismo actual, como el monstruo tecno-burocrático, enseñoreado en todos los tejidos de nuestra vida cotidiana. Estos monstruos se caracterizan por camuflarse, parecer agradables y hacerse necesarios debido al esnobismo de la novedad que suscitan, para luego confundirse con las urgencias diarias, cuando no son sino consecuencias del accionar de una serie de dispositivos tecnológicos (autos veloces, aviones, teléfonos celulares, computadoras, televisión, Internet, etc.) que se encuentran patentados por organizaciones transnacionales, y a su vez bendecidos por los aparatos burocráticos (léase tecnocracia) de muchos gobiernos. Estos aparatos –o mejor, los contenidos que transmiten— (a saber: programas de concursos, shows, pornografía, telenovelas, farándula, chismes, horóscopos, videos frívolos, música serial, manipulación noticiosa, deformación informativa, series cómicas con risas grabadas, filmes comerciales repetidos hasta la saciedad), a su vez generan racismo, discriminación socio-racial, magnificación del individualismo, crueldad exprofeso, terror, inducción al crimen, pornografía vista por niños, producen a la postre un cambio en la conducta humana de carácter acumulativo y acrítico, esto es, no genera una crítica de su sentido o de su razón de ser, sino que concentra fuerzas negativas basadas en el esnobismo de las modas o las marcas de prestigio, y del “progreso” mismo de esos dispositivos (un perfeccionamiento técnico o de diseño basado en la rápida obsolescencia del modelo anterior), en fin, aparatos o máquinas, grandes y pequeños, usados sin control, que terminan haciendo un masaje mediático en la mente o la conciencia del espectador.

 

Frente a esto, Edgar Morin antepone la esperanza de un mundo mejor. No se trata de una esperanza utópica, sino de una esperanza basada en la acción concreta, de cara a la toma de conciencia de los seres humanos como habitantes de un planeta, la Tierra. Él invita a tomar la Tierra como patria, más allá de las fronteras geográficas (así lo cantó John Lennon, en su famosa pieza Imagine), como planeta que está sufriendo daños muy graves e irreversibles en todos los órdenes: ambientales y ecológicos pero también morales y de convivencia social. A esta idea Morin la llama una comunidad de destino, que no es sino una conciencia de que todos los humanos tendríamos la misma identidad, en el momento de observar y resolver los problemas que nos acechan. Poseemos esa identidad, pero siempre recordando que tenemos identidades culturales diversas. Esto significa que, aún con esas diferencias, la cultura es como un hilo conductor de ese diálogo, y la que permite que nuestra convivencia y conciencia mejoren.

 

Morin abre, en este sentido, una posibilidad de practicar la política más allá de una acumulación de poder o de una ejecución de procesos electorales circunstanciales, proponiendo antes una política para el hombre, una Antropolítica. Esto significa también una “reforma en los modos de pensar” que nos posibilita la consideración de las ciencias sociales como herramientas de cambio y no como meras teorías, cuyas praxis se alejan cada día más de la realidad palpable. Esta nueva Antropolítica comprendería no sólo a las ciencias sociales (que han permanecido la mayoría de ellas en claustros universitarios, atadas a élites de pensamiento que dan origen a privilegios de una nueva casta, la casta universitaria) y han tomado ahora un rango ético: el derecho que tenemos todos a disfrutar de la alegría, la fiesta, la intensidad o la comunión. Al introducir el derecho a estos disfrutes estaríamos introduciendo, según Morin, la poesía en nuestra vida. La poesía entonces pasa de ser un mero objeto verbal o estético, a constituir una voz interior que nos descubre cosas esenciales, con lo cual el poeta recupera su voz esencial de demiurgo, lo cual nos permitiría hablar también, por qué no, de una Antropoética. Estas cosas esenciales no son precisamente bienes materiales u objetos de consumo masivo, sino bienes espirituales permanentes como la solidaridad o la amistad, bienes que justamente sufren una crisis cuando los enfrentamos a los primeros.

 

Asoma Morin al amor y la felicidad como bienes últimos que nos brindarían mayor conciencia planetaria, conformadores de esa Poesía con mayúsculas o Antropoética que Morin propone introducir en nuestras vidas, en vez de cederle el paso a utopías desmesuradas. Aquí existiría una diferencia notable con respecto al pensamiento tradicional. Las utopías de mundos perfectos, acabados o cerrados en sí mismos, que nutrieron buena parte de nuestra cultura y de nuestro imaginario (con sus correspondientes utopías negativas o distopías, que hacen la crítica de aquéllas) y que a todas luces nos parecen impracticables debido a su estatismo, serían vistas de otra manera. Dice nuestro filósofo: “Nosotros no podemos ya volver a estimular esperanzas desmesuradas, esperanzas como las que tuvimos durante la “Liberación”. Salíamos del nazismo y nuestras grandes esperanzas han sido rápidamente defraudadas. ¿Pero entonces debemos estar siempre desencantados, desesperados?”.

 

Cuando hablamos de los desafíos de la ciencia, sería posible realizar una glosa acerca de la ciencia ficción, ese género que es el único género nuevo que consolidó el siglo veinte para su literatura, y que despegó (retomando la tradición utopista para aterrizar el Julio Verne y H.G. Wells, sus primeros grandes novelistas) desde los años treinta en obras literarias y cinematográficas. Lo que hace buena parte de la ciencia ficción es la crítica del mal empleo de la tecnología, del uso indebido de ésta, de la ciencia aplicada. Pongamos por caso, el caso del monstruo creado por Mary Shelley en su novela Frankenstein, --obra prima de la ciencia ficción publicada en 1818-- Mary Shelley crea a un doctor, el doctor Víctor Frankenstein, que a su vez crea un monstruo con restos de cadáveres recogidos en las calles de Londres, y arma a un androide que, en medio de su soledad y de su incomprensión (la gente lo repudia debido a su horrible apariencia) exige al doctor Víctor que le construya una compañera. Ante la imposibilidad de construírsela, el monstruo ataca a la esposa de Víctor y la asesina para vengarse. Antes de que esto ocurra, anda cerca de un lago y ve allí a una niñita, la quiere acercar a un río para tomar una flor y entonces la lanza al río creyendo que eso es lo que la niña desea, y la criatura se ahoga accidentalmente. Entonces una comunidad enardecida de campesinos clama venganza y persigue al monstruo hasta un castillo. Todo ello nos habla de una venganza de la ciencia mal practicada por un científico ginebrino medio loco, obsesionado en crear un ser artificial por encima de toda ética.

 

Después, en el Siglo XX, los marcianos y todo tipo de alienígenas se apoderan de las historias de ciencia ficción, como amenazas para la Tierra. En muchos casos, el hombre, la humanidad terrestre, representada por gobiernos, por militares y por quienes dirigen el poderío tecno-bélico, se adelantan a atacar a los alienígenas presuponiendo que éstos son malos y dañinos, cuando lo que desean es un acercamiento de buena fe. Este es el caso de las películas E.T. y de Encuentros cercanos, de Steven Spielberg.

 

Otra imagen que no puedo dejar de evocar es la de Albert Einstein, el científico más popular del siglo XX, autor de la teoría de la relatividad y uno de los descubridores de la fisión nuclear, que sirvió de fundamento para la creación de la bomba atómica. Este científico siempre tuvo una imagen de hombre bueno, sencillo y humilde, dueño de un sentido del humor que le servía para explicar con ejemplos simples la Teoría de la Relatividad, dueño de un aura personal parecida a la de un poeta. Su figura, en efecto, sirvió para identificar buena parte de los ideales del humanismo con los de la ciencia, pese a que la aplicación práctica de la fisión nuclear produjo nada menos que la creación de la bomba atómica.

 

Existe una analogía entre una frase de Edgar Morin: “La humanidad está en la prehistoria de la civilización”, y otra que ya está prefigurada en un autor de ciencia ficción cuyo nombre no recuerdo ahora, y que dice: “La civilización está en la infancia de la historia”. No sé cuál de las dos frases es más completa; seguro sí estoy de que representan una advertencia acerca de cuánto camino nos falta recorrer para llegar a tomar plena conciencia planetaria y colectiva.

 

Si existe una resistencia para la liberación, ésta no debe ser puramente “negativa” (radical, entiendo yo), mas bien debería generar una voluntad de lucha, de acción para modificar el estado de las cosas, para someter a prueba las ideas y las acciones que ya no funcionan dentro de los estrechos marcos de la democracia representativa, una democracia que naufraga en un mar de liderazgos ocasionales que ya no dan cuenta de la importancia de los problemas que atravesamos, y prefieren situarse en un plano de resistencia comunitaria, donde la democracia se haga participativa y nos permita pensar en un proceso de cambios profundos, y se dirijan de modo natural hacia la idea de una Revolución y de un Hombre Nuevo.

 

Esta Revolución, cuyo ideal último sería el logro de “la mayor felicidad posible”, debe tener a la ciencia como aliada estratégica, y no como mero recurso de crecimiento desproporcionado del mercado y del consumo. Una ciencia al servicio de un hombre que habita una dimensión comunitaria o de comunión social, que nos ayude a sacar al planeta de los atolladeros donde lo han metido el afán de lucro y las perversiones del mercado que nos afectan a todos por igual, para que la tierra y sus naciones sean un lugar habitable, ganados a una esperanza futura.

 

Gabriel Jiménez Emán es Premio Nacional de Literatura de Venezuela (2019) por el conjunto de su obra.

 

 

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