La nueva guerra fría de la información

Las investigaciones de Adrian Zenz,  académico de extrema derecha y fanático religioso alemán,  vienen siendo usadas para acusar a China de estar llevando a cabo crímenes de lesa humanidad en contra de la minoría Uigur.

01/03/2021
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Las investigaciones de un alemán llamado Adrian Zenz vienen siendo usadas por varios gobiernos occidentales y medios de comunicación para acusar a China de estar llevando a cabo varios crímenes de lesa humanidad en contra de la minoría Uigur, la etnia de origen turcomano que habita la región autónoma de Sinkiang, al noroeste del gigante asiático.

 

Pero el alemán Zenz es un académico oscuro, ligado a lo más rancio del conservadurismo religioso y la extrema derecha anticomunista financiada por el gobierno estadounidense. Además, sus informes llevan el sello de agua de una organización sin fines de lucro que fue creada durante la Guerra Fría con el fin promover el mensaje anticomunista de exiliados y desertores soviéticos en Estados Unidos, la Jamestown Foundation.

 

Por supuesto, negar la posibilidad de que China esté llevando a cabo la represión brutal de los uigures –de religión musulmana–, solo en base al carácter sospechoso del acusador o a las alianzas abiertas o tácitas de la mencionada fundación –rezago de la Guerra Fría–, sería un obvio ad hominem.

 

Desgraciadamente, como veremos, nuestra rigurosidad no es compartida por el aparato propagandístico norteamericano y sus difusores en la prensa corporativa global, quienes suelen repetir las acusaciones en contra de cualquier enemigo oficial sin necesidad de poner a prueba las evidencias.

 

“Un millón” de detenidos

 

La localidad de Sinkiang también es llamada Turkestán del Este por los separatistas uigures que desean crear ahí un nuevo Estado musulmán. Luego de una larga serie de ataques terroristas tuvieron su pico alrededor de 2014, el régimen comunista chino decidió iniciar un programa de desradicalización de los uigures. De acuerdo con el régimen –que niega toda acusación–, dicho proceso consiste en integrarlos a la sociedad a través de talleres vocacionales y culturales.

 

Uno de los movimientos yihadistas (y separatistas) uigures, el Partido Islámico del Turkestán, fue declarado grupo terrorista en 2002, pero sacado de la lista recientemente por EE.UU., en octubre del año pasado.

 

China acusó entonces a los norteamericanos de adolecer de un claro doble estándar. No se equivocaba: Estados Unidos utiliza a los grupos terroristas que oficialmente condena como peones en el tablero geopolítico global, tal como vimos en Siria. Allí, miles de millones en armamento yanqui –supuestamente enviados a Siria para fortalecer a los “rebeldes moderados”– fueron a parar a las manos de yihadistas ligados a Al-Qaeda.

 

Un terrible “accidente”, sin duda. El Partido Islámico del Turkestán también está ligado a Al-Qaeda y a la invasión de Siria y hasta tiene algunos integrantes recluidos en Guantánamo, lo que debería recordarnos cómo Occidente “reeduca” a sus terroristas (y sospechosos, pues muchos de los detenidos en ese infierno en la Tierra jamás han pasado por ningún tipo de juicio). Pero el mundo “libre” y sus periodistas suelen preferir la paja en el ojo del enemigo oficial que la viga en el propio.

 

De acuerdo con el medio independiente “The Greyzone”, la decisión de Estados Unidos de sacar al grupo yihadista de la relación de terroristas es una forma de intensificar su guerra fría con China.

 

El grueso de las acusaciones contra el régimen chino, sin embargo, proviene de “estudios” realizados por el alemán Adrian Zenz y un par de oenegés ligadas al gobierno de Estados Unidos, como la Red China de Defensores de los Derechos Humanos, que en 2018 señaló que por lo menos un millón de uigures se encontraban recluidos en campos de concentración. La “primicia” fue repetida por The New York Times, Reuters y los principales exponentes del periodismo corporativo mundial.

 

¿Cómo se llegó a tal número?  El lector no se enterará de la metodología gracias al NYT o Reuters, pues jamás llegan tan lejos. La palabra del experto y la autoridad de turno les bastan. Pero si entramos en los detalles del “estudio”, veremos que para llegar a la cifra de un millón de detenidos, la Red China de Defensores de los Derechos Humanos, con sede en Washington D.C. y financiada por el gobierno de EE.UU., solo entrevistó a ocho uigures (que permanecen anónimos).

 

Los ocho exiliados, presentados como provenientes de ocho localidades uigures distintas, señalaron que entre el 8 y el 12% de los habitantes de sus respectivos pueblos o pequeñas ciudades había sido detenido y llevado a campos de “reeducación”. Como señala este estudio, se trata de pequeños poblados de entre 1500 y 3000 personas, por lo que la suma de supuestos detenidos uigures solo llega al total de 2245 personas. Luego, estos investigadores al servicio de la política exterior norteamericana “extrapolaron” esos porcentajes a toda la población uigur de la provincia de Sinkiang, llegando al mágico número de un millón de detenidos (se estima que 12 millones de uigures viven en dicha provincia china). ¡Así de fácil!

 

La fundación

 

La Jamestown es una organización sin fines de lucro creada en 1984 para servir de plataforma a exoficiales soviéticos y comunistas exiliados en Estados Unidos, como el rumano Ion Pacepa o el exdiplomático ruso Arkady Shevchenko, quien desertó de la Unión Soviética en 1978.

 

El exdirector de la CIA William Casey apoyó la creación de la fundación bajo la premisa de que los desertores soviéticos no estaban recibiendo suficiente ayuda estadounidense. En el futuro, la Jamestown financiaría libros y conferencias en los que excomunistas denunciarían a sus antiguos camaradas y al Kremlin. En 1985, sin embargo, un artículo de The New Republic (Edward Epstein) revelaría que Shevchenko había inventado muchas de sus historias.

 

La fundación Jamestown resurgió de las cenizas de la Guerra Fría para retomar sus funciones propagandísticas cuando se inició la guerra contra el terror de George W. Bush, a inicios de este siglo, convirtiéndose pronto en una “fuente primordial para conocer el funcionamiento interno de sociedades totalitarias (y) cerradas”, como señala en su web. Hoy, con la Unión Soviética muerta y enterrada, Jamestown mira hacia China, el Medio Oriente y Rusia, redactando los informes que los halcones de la política exterior yanqui necesitan para promover su agenda.

 

Hoy, la fundación es dirigida por un exconsultor del Pentágono y del Consejo Nacional de Seguridad de EE.UU., Glen Howard. De acuerdo con la página militaristmonitor.org, Howard también ha trabajado para “grandes compañías petroleras operando en Asia Central y el Medio Oriente”. Como señala esta fuente, la organización recibió cerca de $3.5 millones en donaciones, entre 1985 y 2003, de otras fundaciones de la derecha conservadora norteamericana, como la Smith Richardson y la Mellon Scaife.

 

Estas fundaciones reciben el dinero de grandes magnates corporativos y lo reinvierten –mediante donaciones exentas del pago de impuestos– en organizaciones de corte ideológico y fachada académica, cuya función es influir en la política mediante la creación de “conocimiento”, en la forma de informes, estudios e investigaciones. A esto le llaman “filantropía”.

 

Propaganda “de fuentes abiertas”

 

Adrian Zenz, el académico de extrema derecha y fanático religioso que acusa a China de “genocidio”, dice estar cumpliendo con una misión divina o un “ministerio” entregado a él por Dios. “Me siento claramente liderado por Dios para hacer esto”, le dijo al Wall Street Journal (WSJ, 21/05/19). También asegura que los judíos irán al infierno de no convertirse al cristianismo antes de que llegue el apocalipsis. Pero el WSJ olvidó mencionar ese detalle, que aparece en un libro de Zenz sobre el apocalipsis venidero.

 

Ni ese detalle ni su afiliación a grupos como la Fundación para la Conmemoración de las Víctimas del Comunismo, creada en 1993 por el Congreso de Estados Unidos, son mencionados cuando se citan las investigaciones “imparciales” de Zenz. De esa manera, los medios de comunicación lavan o “blanquean” a un agente ligado a un gobierno, quien, casualmente, difunde información en línea con la política exterior de ese mismo gobierno. Como muestra del poco rigor y seriedad de la fundación mencionada en este párrafo, en abril de 2020 ella anunció que agregaría a las víctimas del Covid-19 a la lista de “muertos a causa del comunismo”, ya que culpa a los chinos de la pandemia.

 

El WSJ menciona que Zenz ha ganado bastante prominencia en la prensa y varios círculos políticos, siendo invitado por gobiernos y universidades a dar charlas. Su caso es muy similar al de “Bellingcat”, un medio “independiente” que hace investigación de fuentes abiertas, es decir, de información pública que se puede encontrar en internet o bases de datos de libre acceso. Sus informes, siempre favorables a la perspectiva de la OTAN sobre varios conflictos internacionales, son usados por varios gobiernos occidentales como sustento para sus decisiones militares. Bellingcat y su fundador, Eliot Higgins, también reciben dinero del gobierno estadounidense y también se han convertido en los engreídos de varios medios periodísticos, ganando gran “prominencia” (y mucha publicidad gratuita).

 

Sobre Bellingcat, Marc Polymeropolous, ex alto mando de la CIA para Europa y Eurasia, señaló que al hablar con sus enlaces (de inteligencia) en otros países, ya no necesita preocuparse por no poder compartir información secreta con ellos. Ahora, “simplemente hago referencia a su trabajo”, dijo refiriéndose a las investigaciones de Bellingcat. El título del artículo de Foreign Policy de donde tomé esta cita, es: “Bellingcat puede decir lo que la inteligencia de EE.UU. no puede” (17/12/20).

 

-Publicado en Hildebrandt en sus trece (Perú)  el  26 de febrero de 2021

 

 

 

https://mail.alainet.org/es/articulo/211169
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