Pandemia como política

En este Brave new world con aroma a gel desinfectante estrenado en 2020, la vigilancia invasiva y el control del ciudadano, de sus movimientos e interacciones sociales, tiene fines sanitarios.

28/07/2021
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Para Giorgio Agamben, filósofo italiano de origen armenio, el distanciamiento social es una forma de restricción de la libertad individual basada en la instigación del temor al contagio. Tenga o no su justificación en un peligro real, el pánico es producido de manera totalmente deliberada y empleado para fomentar obediencia ciega, irracional.  

 

En este (no tan) novedoso sistema, una coalición de entidades supranacionales por las que usted jamás votó se adjudica la vocería oficial de la “ciencia” –no ya únicamente la de las buenas prácticas económicas– y determina cuál es el nivel de libertad del que podemos gozar en un momento determinado. En este Brave new world con aroma a gel desinfectante estrenado en 2020, la vigilancia invasiva y el control del ciudadano, de sus movimientos e interacciones sociales, tiene fines sanitarios.

 

Y todos somos potenciales infectados. Basta con que una de esas dudosas pruebas serológicas resulte positiva para convertirnos oficialmente en “casos”, ¡así no presentemos síntoma alguno! Entonces pasaremos a engrosar las cifras vacías de nuevos “casos” diarios, que sirven para aumentar un pánico completamente irracional y carente de contexto.

 

Agamben explica que la lógica que justificaba el régimen de control social anterior, la de cuidarnos del terrorismo, se gastó. En el futuro, la vigilancia y espionaje del ciudadano ya no se realizarán siguiendo los caprichos del autócrata de turno, del dictadorcillo que de pronto obtuvo el aparato policial de un Estado y empezó a perseguir a sus enemigos de siempre. No se justificarán en el peligroso terrorista lunático, su potencial vecino, el “lobo solitario”, esa figura artificial, creada por el gobierno de Estados Unidos y su aparato de seguridad, tan parecida al más reciente “super-spreader”, el ser humano convertido en foco infeccioso y amenaza viral para su comunidad.

 

Ahora se vigilará a cualquiera que pudiera “poner en riesgo la salud del resto”.

 

Quienes difundan peligrosas teorías de conspiración o siembren la duda entre los confiados –entre los doblemente enmascarillados fanáticos del cientifismo– serán castigados y reducidos a la condición de parias. No habrá “pase verde” para ellos. No habrá mall, cine o café, muchos menos viajes y, ciertamente, no podrán trabajar, pues no se les otorgará el salvoconducto sanitario indispensable para llevar a cabo una vida normal, urbana y moderna.

 

Ese control chino del ciudadano –milimétrico, paternalista y autoritario–, nos “cuidará”, nos avisará si el Covid-19 anda cerca, si acecha entre nuestros contactos. El virus mismo pasará a la historia –como los millones de virus anteriores–, pero el sistema de vigilancia encontrará nuevas razones para subsistir y fortalecerse, nuevos peligros de los cuales cuidarnos. Después de todo, el sistema que nos cuidaba del “terror” y el sistema usado para cuidarnos del virus son, básicamente, la misma cosa, el mismo aparato policial.

 

Por su parte, la censura en las redes sociales y la prensa corporativa nos cuidará de toda la ciencia que la política, de momento, no necesita; nos resguardará de la ciencia y de los científicos que la tecnocracia reinante no ha seleccionado para justificar sus medidas coercitivas. El resto será catalogado como “teoría de conspiración”. Los científicos que discuten y critican a la Organización Mundial de la Salud, al Imperial College o a la FDA estadounidense –y hay científicos respetadísimos entre esos disidentes–, deben olvidarse de sus reputaciones y licencias.

 

El bicho de la duda

 

Por supuesto, opiniones como estas –que compartimos y hemos ventilado en esta columna anteriormente– le han granjeado a Agamben el epíteto de “negacionista”. Peor aún: le suelen preguntar qué se siente coincidir en algunos puntos con tipos como Donald Trump o Jair Bolsonaro. Nada de eso le interesa demasiado al veterano filósofo, cuyos editores han publicado recientemente “¿A dónde hemos llegado? La pandemia como política” (hemos traducido el título, ya que solo ha sido publicado en italiano e inglés).

 

Agamben no niega la existencia del Covid-19. Más bien, nos conmina a observar lo que estamos viviendo en un contexto histórico amplio. La pandemia ha suscitado un cambio radical en nuestra forma de vida, pero un cambio vertical, dictaminado desde arriba. Las características de esta modificación de nuestras vidas cotidianas, de estas nuevas formas de interactuar, no venían incluidas entre los síntomas de ningún virus, sino que fueron seleccionadas por expertos y especialistas. Lo que se discute no es la existencia del virus, sino su gravedad y las medidas empleadas para “salvarnos”.

 

Es un grave error considerar que los cambios en nuestras costumbres, dictados a través de las políticas paliativas, vienen determinados por la “ciencia”, cuando, en realidad, provienen de su instrumentalización política. Como explica la socióloga Jana Bacevic: “La forma en que la ciencia se convierte en política depende de cálculos políticos y económicos, así como de los compromisos morales e ideológicos de los políticos…”. Ya sabíamos que estábamos en malas manos. La mala noticia es que seguimos en ellas y no en las de la “ciencia”.

 

Lo que discute Agamben es la facilidad con la que el mundo ha obedecido. La facilidad con la que, de la mano de una justificación sanitaria, el mundo “libre”, occidental, ha cedido libertades absolutamente elementales. Libertades que –quisiéramos creer– jamás habría cedido en otras condiciones. Derechos por los que se derramó muchísima sangre en el pasado. Lo que se denuncia también es el aprovechamiento político que ciertas instituciones e intereses han hecho del Covid-19, así como la irracionalidad y ausencia de carácter científico de las más importantes –y dañinas– medidas tomadas, como las cuarentenas generalizadas o la de llamarle “caso” a personas sanas y sin síntomas.

 

En suma, nos hace falta una buena dosis de cuestionamiento; hace falta que se nos pegue otro bicho, el de la duda. Y los cuestionamientos del italiano Giorgio Agamben, que empezaron con la misma pandemia –recordemos que golpeó tempranamente y con dureza a su país– van cobrando más y más relevancia con el paso del tiempo y la supervivencia de los estados de excepción impuestos, que según el filósofo constituyen la herramienta de gobierno por excelencia en el siglo XXI.

 

Cuando las instituciones pierden legitimidad y los ánimos ciudadanos y callejeros empiezan a caldearse, nada mejor para reponer el orden que un estado de excepción en el que los derechos fundamentales son temporalmente derogados, en los que un peligroso enemigo obliga a la sociedad a abandonar temporalmente sus quejas políticas, a dejar de lado su desarraigo con respecto al orden imperante y unirse para sobrevivir.

 

Excepción permanente

 

Pero nada de eso funciona en la ausencia del pánico. Agamben se pregunta qué clase de sociedad es aquella capaz de cualquier cosa para supervivir. Y esa pregunta es bastante profunda. Resulta obvio que, tal como un ser humano que fuera capaz de todo para sobrevivir, esa sociedad carecería de cualquier otro principio. En nombre de la seguridad biológica, ¿estaríamos dispuestos a tolerar una vida que fuera solo eso, supervivencia, una vida sin libre interacción social, sin libertad de expresión y movimiento?

 

¿Estamos dispuestos a abandonar a nuestros ancianos, a nuestros padres y abuelos, dejando que mueran solos en una fría cama de hospital porque el médico dice que no están permitidas las visitas?, ¿estamos dispuestos a no realizar ritos funerarios para nuestros muertos, como se hace desde hace cien mil años?, ¿estamos dispuestos a dividir la sociedad en una suerte de apartheid sanitario, castigando a los adultos racionales que, en su libertad individual, no deseen vacunarse?

 

Aquí hay que recordar que estamos ante una vacuna totalmente nueva y experimental (y esto dista mucho de ser una declaración controversial, por mucho que este hecho se haya olvidado convenientemente).

 

Hace unos días, Emmanuel Macron, presidente de Francia, anunció la obligatoriedad del “pase Covid” para acceder a diferentes servicios, negocios y espectáculos culturales, lo que generó inmediatas manifestaciones callejeras. Decenas de miles salieron a protestar con carteles que comparan tal imposición con una nueva forma de apartheid, ¡y claro que lo es! La prensa y autoridades los tachan de “antivacunas” y teóricos de la conspiración, por supuesto, pero su reclamo va mucho más allá del rechazo a inocularse o de la defensa de ideas absurdas.

 

Es muy fácil comprender la naturaleza de lo que está sucediendo si dejamos de lado al presente coronavirus e imaginamos un estado de excepción y emergencia constantes, más allá de la amenaza de turno. Así es como Agamben nos invita a verlo y, de hecho, parece la única forma consciente y racional de hacerlo. En un constante estado de excepción, la libertad es imposible.

 

Ante las nuevas leyes francesas, los únicos realmente obligados a vacunarse serán los trabajadores sanitarios. Sin embargo, la efectiva coerción que ejerce la obligatoriedad del “pase Covid”, indispensable para continuar una vida normal, hará su trabajo con el resto. Hoy Francia es el laboratorio social que experimenta con estas medidas, mañana serán globales.

 

Quienes criticamos las medidas para paliar la pandemia consideramos que la instalación de estas nuevas formas de control social podrían perfectamente ser el objetivo primordial detrás todo lo que estamos viviendo. ¿O acaso alguien considera que la salud de las masas es importante para quienes deciden por dónde va el mundo?

 

 

Publicado el viernes 23, en Hildebrandt en sus trece.

 

 

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