Entre los deslumbrantes objetivos de la Agenda 2030 y la sombría realidad

Según la OIT hay más de 2.600 millones de trabajos precarios en el mundo, caracterizados por falta de seguridad en el empleo, el salario, las prestaciones sociales, la sindicación y la negociación colectiva.

23/08/2021
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Las mismas políticas, la misma lógica del sistema económico globalizado ha sido  impuesta a escala nacional en todo el planeta. El resultado a nivel mundial es la disminución de la demanda efectiva global y el aumento de la productividad, es decir; sobreproducción, crisis desinversión, desocupación, nueva caída de los niveles de empleo, nueva disminución de la demanda efectiva y, por tanto, fragmentación social y retroceso político.


Este es el actual marco social, sin rumbo, entre la pasividad política y la desocupación. Somos conscientes de que la pandemia no solo ha provocado la trágica pérdida de vidas humanas y daños a la salud de las personas y a las comunidades, sino que  ha tenido consecuencias devastadoras en el mundo del trabajo.


 Ha causado un aumento del desempleo, el subempleo y la inactividad; pérdidas de ingresos de los trabajadores y de las empresas, especialmente en los sectores más afectados; cierres y quiebras de empresas, en particular de microempresas y pequeñas y medianas empresas; interrupciones de las cadenas de suministro; informalidad e inseguridad laboral y de los ingresos; nuevos retos para la salud, la seguridad y los derechos laborales, y ha exacerbado la pobreza, y las desigualdades económicas y sociales.  


Frente a la ausencia de una oposición efectiva, es en este escenario del sistema económico capitalista y su principio maximizador de la ganancia que reina en una inmutable irresponsabilidad, que surgen periódicamente las viejas/nuevas iniciativas de las grandes transnacionales del humanismo.  


Una agenda cada 15 años: ¿trabajo decente o trabajo indecente?


La Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, aprobada por Naciones Unidas en  septiembre de 2015, es la continuidad conceptual de la que se genero a principio de siglo (2000-2015) y que abarca los tres ámbitos de la sostenibilidad: económica, social y medioambiental.


Consta esta de 17 objetivos y 169 metas conexas, en cuyo objetivo número 8 se encuentra el trabajo decente, de cuya implementación se encarga la Organización Internacional del Trabajo (OIT), a partir de los estudios y recomendaciones que dirige a los 187 Estados que la integran.


El trabajo decente fue impulsado por el chileno Juan Somavia, Director de la OIT (1999-2012). Es una traducción literal de decent work, que al pasar al español se le presume una carga moral extraordinaria, ya que en inglés no es de igual categoría; decent work vendría a significar en español algo así como trabajo adecuado o trabajo digno; de tal manera que lo indecente no es el trabajo realizado, sino la forma de ejecutarlo.


En coherencia con lo anterior, trabajo indecente no sería trabajo inmoral, sino trabajo inadecuado o, más concretamente, trabajo precario -que según la OIT realizan más de 2.600 millones de trabajadores-, caracterizado por falta de seguridad en el empleo, en el salario, en las prestaciones sociales, en la sindicación, el diálogo social y la negociación colectiva.


El carácter idealmente positivo de la reivindicación universal del trabajo decente es reciente en la forma de enunciarlo y en su denominación tan llamativa, pero no es nueva  como reivindicación universal en el sentido de considerar que un trabajo decente es, en primer lugar, un trabajo libre, remunerado, dependiente y ajeno.


Y, en segundo lugar, en  tanto que decente o digno, es una forma de trabajar dentro de un marco caracterizado por cuatro aspectos: una política de generación de empleo, la garantía judicial de los  derechos de los trabajadores, un sistema público de protección social y un sistema  institucionalizado de diálogo social entre empresarios y trabajadores, con capacidad  autonormativa y respaldo de las instituciones públicas (tripartismo). Aspectos a los que debemos añadir un eje trasversal que estaría relacionado con una política de igualdad de género.


Pero el problema va mas allá de lo semántico:  la reivindicación del trabajo decente ya figuraba sustancialmente en el Tratado de Paz de Versalles de junio de 1919 -hace mas de un siglo- en el que además de poner fin a la Primera Guerra Mundial, haciendo responsable de la misma al Imperio alemán, se creaba la Sociedad de Naciones y la Organización Internacional de Trabajo.


En su artículo 427, el Tratado de Versalles ya exigía que el trabajo dejara de considerarse una mercancía, que se prohibiera el trabajo infantil, se garantizara un salario justo  para la manutención de la familia, se garantizara el mismo salario por el mismo trabajo sin discriminación por sexo, se estableciera una jornada de ocho horas diarias y 48 semanales -con un día completo de descanso a la semana-, se garantizara la libertad sindical, entre otros temas.


Al mismo tiempo, en la Declaración de Filadelfia de mayo de 1944 la OIT manifestaba que el trabajo  no era una mercancía, que todos los trabajadores tenían derecho a la igualdad de oportunidades sin discriminación por razón de religión, raza o sexo, se exigía la libertad de expresión y asociación para la defensa de sus intereses y el reconocimiento normativo de la negociación colectiva, la búsqueda del pleno empleo para la erradicación de la pobreza y la defensa de unas condiciones de trabajo saludables con sueldos y jornadas justas.


Por su parte, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de diciembre de 1948, en su Art. 23 establecía el derecho a la libertad de trabajo sin discriminación, al salario justo y suficiente, al descanso y a las vacaciones pagadas, a la protección social y a la libertad sindical, que resumen en definitiva las aspiraciones de las personas en su vida laboral.


La precariedad laboral


La existencia generalizada y mayoritaria de trabajo indecente o precario en la mayoría de los países y en gran número de sectores es lo que justifica que cien años después del Tratado de Versalles se siga reivindicando esta alegoría del trabajo decente, y esto se debe a que la fuente misma del trabajo está contaminada.


Hay tres circunstancias relacionadas con el empleo asalariado que, más allá de la alienación o la sustracción de plusvalía, condicionan esencialmente generando trabajo asalariado de mala calidad, trabajo precario. Estas son: el desempleo, el empleo informal y el subempleo.


La primera circunstancia propiciadora del trabajo precario es el desempleo masivo, que afecta a los países subdesarrollados, y el desempleo estructural de los países desarrollados, que afecta especialmente a jóvenes en busca de su primer empleo y a parados mayores de cuarenta y cinco años. Este fenómeno no solo no se va resolviendo, sino que se va acrecentado por la deslocalización de determinadas cadenas de producción, por las reconversiones industriales que no condujeron a la recolocación y por la innovación tecnológica, telecomunicaciones y robótica incluidas.


Aunque su extensión es desigual su crecimiento es universal: el desempleo hace prescindibles a millones de trabajadores y oficios enteros, provocando movimientos de población que terminan componiendo bolsas de pobreza que se establecen muchas veces en barrios concretos de algunas ciudades, donde componen guetos cerrados, muy homogéneos internamente pero muy heterogéneos respecto de los demás, multiculturales y conflictivos.
 

A ellos han llegado por decantación de un proceso de vulnerabilidad social, que derivó en exclusión social, para terminar consolidándose como marginación social. Los afectados se verán impulsados a sobrevivir de la delincuencia y/o de la asistencia social, sin muchas expectativas de futuro y próximos a la anomia.


En definitiva, el desempleo, el empleo informal y el subempleo componen un caldo  de cultivo que contamina, por mezcla, el trabajo decente. Además estos tienen defensores  que lo justifican por las necesidades del mercado y por las ventajas que estos empleos  proporcionan a las empresas y a los trabajadores.


Se trata de la coartada de la “flexiseguridad” que defiende el trabajo flexible  en el tiempo, el espacio y los distintos sectores, de forma que los trabajadores de determinado nivel y especialización estén disponibles como las mercancías en una organización del trabajo “just in time”, esperando que la parte de seguridad en el empleo la aporte el mercado mismo de forma que cuando un trabajador cese en una actividad, en cualquier empresa o sector, se vaya a realizarla a otra que circunstancialmente lo necesite. El trabajador pierde sus derechos laborales y pone su esperanza en la oferta y la demanda.


El teletrabajo completo, permanente y obligatorio, que la OIT en su informe del 2002 ya denominaba “periférico”, es el que denomina el trabajo flexible, entendiendo por tal la subordinación del trabajo al mercado, de forma que los cometidos laborales y la jornada se adapten constantemente a los productos, procesos y mercados. Por ello, las empresas exigen a sus empleados una cualificación superior, mayor capacidad de auto-programarse, responsabilidad individual y disposición a seguir planes flexibles y jornadas prolongadas.


A pesar de estas exigencias las empresas aflojan los lazos que las ligan a los trabajadores porque su objetivo es lograr mano de obra que les permita aumentar el número de horas cuando aumente la demanda y reducirlas cuando caiga. En la práctica, esto quiere decir más trabajo eventual y menos derechos para los trabajadores.


Sin una acción concertada del mundo laboral estos efectos diferenciales se dejarán sentir mucho después del fin de la pandemia y tendrán profundas repercusiones en la consecución de la justicia social y el trabajo decente para todos, incluido el empleo pleno, productivo y libremente elegido, y revertirán todavía más los logros y socavarán los derechos y conquistas sociales de todo tipo.


Mientras tanto la OIT prevé que en 2022 el número de personas desempleadas en el mundo se sitúe en 205 millones, muy por encima de los 187 millones de 2019. Esta cifra equivale a una tasa de desocupación del 5,7 por ciento, una tasa similar -sin Covid- a la que se había registrado en 2013. Frente a esta dialéctica difusa de las agendas y una filantropía de bajo costo, debemos preguntamos cómo se mejoraran las condiciones de los 780 millones de hombres y mujeres que trabajan pero no ganan lo suficiente para superar ellos y sus familias el umbral de la pobreza de dos dólares al día.


La OIT estima que más de 600 millones de nuevos empleos deberán ser creados de aquí a 2030, sólo para seguir el ritmo de crecimiento de la población mundial en edad de trabajar: esto representa alrededor de 40 millones de empleos al año. ¿Se trata de la Covid-19 o simplemente del capitalismo? Que cada uno saque sus conclusiones.

Eduardo Camin es un periodista uruguayo acreditado en la ONU- Ginebra. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)
Fuente: https://estrategia.la/2021/08/20/entre-los-deslumbrantes-objetivos-de-la-agenda-2030-y-la-sombria-realidad/

 

https://www.alainet.org/es/articulo/213529
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