El recuerdo de las memorias olvidadas: homenaje póstumo a Rubén Herrera

El libro "¿Cómo olvidar las memorias olvidadas?" trata sobre diversos episodios de la historia no oficial del movimiento revolucionario guatemalteco, y aborda una frontal denuncia en contra del más doloroso de los asesinatos: el olvido.

22/10/2021
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Artemio Rubén Herrera Herrera, mejor conocido como “El Chino Herrera” (10 de mayo de 1954-22 de julio del 2020), en sus últimos días de vida escribió un incisivo relato autobiográfico, que, entre otras cosas, refleja aspectos y pasajes importantes de la resistencia revolucionaria guatemalteca, en particular, de los duros tiempos de la represión gubernamental en los años 70s y 80s del siglo pasado en Guatemala. 
 

Su obra, intitulada “¿Cómo olvidar las memorias olvidadas?” (apuntes necesarios para la historia del movimiento revolucionario de pueblo -IXIM-), es un relato en primera persona de episodios relacionados con trozos de la historia no oficial del movimiento revolucionario guatemalteco, cuya importancia radica, precisamente, en que son fragmentos una historia silenciada (o ignorada) de uno de los diversos proyectos político-revolucionarios serios que alcanzaron algún grado de madurez a pesar del entorno hostil en el que se desenvolvieron durante su existencia. 
 

Un entorno hostil marcado por la represión y persecución no solo por parte de las fuerzas gubernamentales, sino, por increíble que parezca, también por parte de la misma izquierda guatemalteca, o al menos, por parte de lo que se conoció como “izquierda oficial”. Sobre ese espinoso y vergonzoso asunto retornaré algunos párrafos más adelante. 
 

Al “Chino Herrera” lo conocí en la ciudad de Guatemala en los primeros años del siglo XXI (allá por el 2006), en las reuniones periódicas que por entonces llevábamos a cabo dentro de las actividades políticas relacionadas con la estructuración orgánica del proyecto bautizado entonces como “Movimiento Político Social de Izquierda” (MPSI), una plataforma amplia que pretendía reunificar las vertientes sociales y políticas de la izquierda guatemalteca, o mejor dicho, de las izquierdas guatemaltecas, durante el período del post conflicto armado interno de nuestro país. 
 

Tras el fracaso de esta iniciativa de refundación política dejé de ver por un tiempo a Rubén, excepto durante ciertos encuentros fortuitos que tuvimos los dos en la cabecera departamental de Huehuetenango, en los cuales me ponía al tanto de algunas de sus actividades organizativas al frente de proyectos sociales con jóvenes de este departamento, su querida y natal “Huehue”. 
 

Luego volví a saber de él cuando fue capturado y encarcelado ilegal e injustamente en el año 2013, al denunciar los atropellos que entonces cometía la hidroeléctrica Santa Cruz, en el municipio de Barillas. 
 

Durante el lapso que duró su encarcelamiento, me tocó seguir de cerca el caso de conflictividad entre la comunidad de Barrillas y la hidroeléctrica mencionada, como parte de mis labores dentro de una unidad de diálogo y mediación de conflictos sociales de la Comisión Presidencial de Derechos Humanos (COPREDEH). 
 

Con relación al encarcelamiento de Rubén, muy poco era lo que personalmente podía incidir desde esa institución para conseguir su liberación, razón por la cual, sin pensarlo dos veces, me sumé a título individual a los esfuerzos organizados que por aquella época emprendieron Celia (su ex compañera de vida) y otros amigos de Rubén, a fin de desarrollar una campaña permanente para lograr la libertad de este incansable luchador social. 
 

Pasaron los años y en julio del año 2020 (en plena pandemia), nos sorprendió la triste noticia sobre su fallecimiento. Gracias al relato de Cecilia, integrado al texto de Rubén, nos enteramos de la frenética carrera contra el tiempo (y contra sus malestares físicos), que significó para “El Chino” la redacción de sus memorias, un gesto que dice mucho de alguien cuya vida entera fue una carrera contra las dificultades inmediatas del entorno. 
 

Algunos de mis comentarios generales al respecto de su libro (luego de una rápida, amena y absorbente lectura), son los siguientes: 
 

“¿Cómo olvidar a las memorias olvidadas” ?, es una importante contribución que ayuda a armar el rompecabezas de la historia general del movimiento revolucionario guatemalteco durante las décadas de los años 70´s y 80´s (uno de los lapsos más oscuros y terribles de la contrarrevolución iniciada en nuestro país con la caída del gobierno encabezada por Jacobo Árbenz, en 1954). 
 

Un dato importante es que la obra de Rubén contribuye a esclarecer y poner en perspectiva histórica y social, el aporte concreto de una corriente importante del movimiento revolucionario no oficial en Guatemala, compuesta por una serie de proyectos político-revolucionarios con diferente grado de maduración y concreción, los cuales fueron quedando en el camino sin llegar a cristalizar plenamente (es decir, se trata de toda una gama de agrupaciones populares y revolucionarias que decidieron ir “por la libre”, al margen de la corriente política de las organizaciones hegemónicas que a su tiempo se agruparon en lo que se conoció como la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG).  
 

Hablando en primera persona, en su relato Rubén nos muestra el itinerario general que muchos jóvenes rebeldes transitaron en su “carrera revolucionaria”, desde los primerizos e inocentes gestos de rebeldía estudiantil y barrial, hasta alcanzar las llamadas “formas superiores de lucha”, pasando por una diversidad de experiencias individuales y colectivas, como la clandestinidad y semiclandestinidad, la formación y autoformación político-ideológica, y el aprendizaje teórico y práctico de estrategias organizativas, de propaganda y conformación de redes de todo tipo en el trabajo revolucionario de masas y de cuadros. 
 

En su obra Rubén también nos muestra las luces y sombras de la actuación individual y colectiva de las agrupaciones y organizaciones en las que él militó y con las que se relacionó, en contexto propios de lucha social y revolucionaria legal, semi legal y clandestina, tanto en áreas urbanas de la ciudad capital, Quetzaltenango y otras ciudades y regiones del país. 
 

En tal sentido, Rubén nos muestra las múltiples facetas que componen el lado luminoso del líder y militante revolucionario, en particular, a través de la figura del “comandante Efra”, de quien “El Chino” se regocijaba en aprender y admirar, y en contraparte (pero cuidándose de no evidenciar nombres específicos), nuestro autor no se ahorra tinta para señalar los vicios, taras y debilidades éticas y morales de las que adolecían no pocos de sus compañeros de lucha. 
 

Taras y debilidades que, según el relato de Rubén, en ocasiones irradiaban sus efectos negativos desde el nivel individual y grupal hasta afectar en muchos casos a colectivos y organizaciones enteras, en ocasiones, hasta el punto de obstaculizar y minar letalmente el trabajo político-organizativo de proyectos enteros, como nos cuenta sucedió con “Nuestro Movimiento” (NM), una importante escisión de lo que en su tiempo se conoció como “El Regional de Occidente”, su antecedente inmediato. 
 

Lo cierto del caso es que para Rubén era de suprema importancia la calidad ética y moral del cuadro y del dirigente revolucionario, y todo parece indicar que no se equivocó en elevar a un pedestal a su gran amigo y compañero de lucha “el comandante Efra”, pues tal y como se sabe, hasta los propios cuadros urbanos de ORPA le admiraron, al menos, durante sus últimos momentos de vida, cuando algunos de ellos fueron enviados a observar desde las cercanías del Cerrito del Carmen, el feroz combate de “Efra” en lucha contra los morteros disparados desde lo alto de un helicóptero artillado, suceso que terminó con la vida de “Efra” y de varios de sus camaradas, quienes en esos momentos se encontraban en la misma casa clandestina en la zona 2 de la ciudad capital, en los primeros días de enero de 1984. 
 

En otras palabras, Rubén no se equivocaba en su justa valoración de la altura moral y entereza revolucionaria del “comandante Efra”, elevándolo al nivel casi arquetípico del verdadero luchador, valiente y digno como lo fuera Ernesto Guevara, considerado el símbolo de máxima entereza revolucionaria. 
 

Y este hecho refleja otro fenómeno socio-político importante, del cual Rubén también nos pone al tanto en su obra. Se trata del desdén y la mezquindad con la que usualmente eran tratados los militantes que no pertenecían a las organizaciones de la “izquierda oficial”. 
 

Como el nos cuenta en varios pasajes de su libro, esto entristecía a Rubén y a muchos otros compañeros de su movimiento. Esto se expresa claramente en sus relatos de la “doble represión” que él y muchos de sus compañeros debían sufrir, no solo por la persecución, hostigamiento y ataques provenientes de las fuerzas represivas del Estado, sino también de parte de las propias “organizaciones hermanas”, como en su momento llevaron a cabo ORPA y el EGP, mediante emboscadas y ataques a columnas guerrilleras y a militantes del Movimiento IXIM en diversas regiones de Huehuetenango y en Quiché. 
 

Más triste todavía, según nos relata Rubén, era el constatar el decepcionante e injusto tratamiento que él y otros cuadros de su movimiento recibieron por parte de las autoridades policiales y militares del gobierno revolucionario de Nicaragua. Rubén nos proporciona relato específico sobre este asunto, al contarnos una anécdota sobre la cual, casual y personalmente puedo dar testimonio de su autencidad. 
 

Como bien conocimos algunos de los chapines que en el año de 1985 nos encontrábamos radicados en Managua, cuando las fuerzas de la Seguridad del Estado del gobierno sandinista, llevaron a cabo un enorme dispositivo de seguridad en un área del Occidente de esa ciudad, el cual terminó con la captura y encarcelamiento de una buena cantidad de guatemaltecos exiliados en Nicaragua, todos ellos pertenecientes a corrientes y organizaciones revolucionarias ajenas o externas a la URNG. 
 

Con lujo de detalles, Rubén nos cuenta como aquel mes de enero de ese año resultó siendo recibido con “casa por cárcel”, al nomás llegar a Nicaragua procedente de un vuelo desde la Ciudad de México. Su detención y la de muchos de sus compañeros de lucha (operativo en el cual también fue capturado y encarcelado Mario Roberto Morales), fue a todas luces ilegal e injusta, pues como él mismo nos relata en su libro, en ningún momento las autoridades gubernamentales presentaron cargos específicos que fundamentaran la detención de estos compañeros.  
 

En su caso, Rubén fue conminado a abandonar inmediatamente el país. En el caso de muchos otros guatemaltecos que quedaron confinados en una cárcel de Managua, Rubén insta a que se investigue la suerte de algunos de ellos (y de otras nacionalidades, que también fueron capturados durante el mismo operativo), que resultaron heridos y fallecidos durante una misteriosa explosión que ocurrió muy cerca del lugar de su detención. 
 

El Rubén que se expresa y proyecta en su obra autobiográfica se encuentra en la misma frecuencia con el Rubén que personalmente conocí durante los años 2006-2007: “dicharachero”, alegre, bromista, con una aguda inteligencia y de opiniones políticas muy críticas e incisivas, dispuesto a dar respuestas concretas a cuestiones concretas.  
 

Su carácter jovial y sincero me recuerda a muchos otros compañeros de similar talante que la vida me ha dado la buena oportunidad de conocer en diversas etapas de mi vida. Sin duda alguna, como todo ser humano, Rubén debió tener sus propias debilidades y flaquezas (¡?quién no las ha tenido!?), a pesar de las cuales su larga trayectoria como luchador social y revolucionario se encarga de atestiguar su indiscutible calidad e integridad humana. 
 

Llama la atención su concepción acerca de la “resistencia”. Para él, desborda los límites de la mera concepción teórica, política e ideológica, y a través de su particular noción, nos muestra el calibre de su integridad humana y espiritual: en esto lo cito textualmente, en concordancia con la nota/homenaje de su amiga y discípula Valentina Auletta (la cual aparece en la contraportada del libro), y que reza literalmente así: 
 

Tú me dijiste una vez: “soy de la opinión de que si no nos movemos no aprendemos, de que si no nos movemos no conocemos, no entendemos ni vemos los cambios, por mínimos que sean, en relación a lo que hacemos” (…) “mi apuesta política ha sido en la medida en que he aprendido a resistir. Es decir, cuando yo hablo de la resistencia, estoy hablando de mi persona. Yo llevo cincuenta años de estar resistiendo, y voy a seguir resistiendo. Entonces, esa es la forma de concebir la resistencia: que no nos angustie el tema del tiempo, que nos angustie la desesperanza. Todo lo contrario, que aprendamos a ser duraderos en la propuesta y en seguir resistiendo”. 
 

Estas palabras dichas por Rubén expresan mucho más que meras palabras. Por, sobre todo, están refrendadas y respaldadas por 50 años de lucha sin cuartel en un país en el cual la injusticia se ha tornado un mal enquistado a todo nivel. 
 

En realidad, todas las personas con sentido de justicia histórica y social deseamos que en Guatemala (y en el mundo) siempre haya muchos hombres y mujeres como Rubén. 
 

Epílogo: 
 

En el mundo hay personas que mueren dos veces. La primera vez, con la extinción física. La segunda, con el olvido.  
 

La obra de Rubén es una frontal denuncia en contra del más doloroso de los asesinatos: el olvido. Desde sus primeras líneas nos anuncia de qué se trata su esfuerzo literario-testimonio. Un esfuerzo realizado a marchas forzadas en sus últimos días y horas de vida, en un intento por evitar que la filosa guadaña de la parca logre romper con el último hilo y aliento de vida que le queda, sin el cual su propósito de contar lo que tenía que contar quedará para siempre en el olvido. 
 

Su texto es un esfuerzo por rescatar del olvido a las Juanas, a las Marías, a los Santiagos, Carlos y Robertos, a los centenares y miles de simpatizantes, colaboradores y militantes anónimos de los barrios marginales, de las colonias periféricas, de los asentamientos, de las fábricas de la ciudad capital, Quetzaltenango y de tantas otras partes de Guatemala, de tantas gentes que en su momento pusieron su “grano de arena” por la revolución y el cambio social. 
 

Como Rubén testifica, modesta y silenciosamente muchos de ellos, muchas de ellas, entregaron su tiempo, su dolor, lágrimas, sudor y su sangre por empujar una revolución que jamás vieron, pero en la cual siempre creyeron. 
 

Muchos de ellos no delataron ni entregaron a nadie. No pidieron nada a cambio de su sacrificio. Lo menos que se les puede dar es un poco de contra olvido, un poco de memoria, y de eso se encarga Rubén en su obra. 
 

Eso es lo que hizo Rubén en este su testimonio autobiográfico. Como dice Humberto Ak´abal en uno de sus conocidos versos: “Grito para taparle la boca al silencio”. 
 

Eso es lo que hizo Rubén en los últimos días y momentos: robarle tiempo a la vida, o mejor dicho, robarle tiempo a la muerte. Hablar por los que nunca tuvieron oportunidad de presumir sus hazañas, teniendo todo el justo derecho y mérito de hacerlo.

https://www.alainet.org/es/articulo/214170
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