Cuatro décadas ¿y los beneficios sociales?

En las últimas décadas, los gobiernos que han buscado levantar modelos de economías sociales inspirados en principios de justicia social, redistribución de la riqueza e implantación de los intereses nacionales sobre los privados, encontraron oposiciones permanentes a sus propósitos.

16/02/2022
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El Informe preparado para el Fondo Monetario Internacional y titulado Crouching Beliefs, Hidden Biases: The Rise and Fall of Growth Narratives, por Reda Cherif, Marc Engher y Fuad Hasanov (noviembre 2020), es un esquema que sirve para la historia del pensamiento económico que caracterizó a la institución durante las últimas cuatro décadas. El estudio siguió las “narrativas de crecimiento” utilizadas en 4620 informes de la mayor parte de países del FMI, entre 1978 y 2019. Una formidable cantidad de fuentes sobre temas económicos, provenientes de profesionales, académicos y políticos. Metodológicamente se identifican cuatro “clusters” o grupos de “narrativas”, o sea, de ideas/pensamientos que han sido hegemónicos en distintos momentos. Y la cantidad o frecuencia de esas ideas da cuenta de los conceptos que se movilizaron en mayor o menor medida.


El primer grupo de ideas, a fines de la década de 1970 e inicios de la de 1980, está identificado con conceptos/temas relativos a las “estructuras económicas”, que asocia términos como servicios, industria, manufactura, agricultura y construcción. La referencia es clara a la época del keynesianismo, un tipo de políticas económicas que destacan al Estado interventor y el énfasis en el consumo como determinante para el desarrollo (a menudo confundidas con el “desarrollismo” en América Latina). Esas ideas perdieron fuerza al iniciarse la década de 1980.

 

El segundo grupo, todavía insignificante hasta mediados de la década de 1980, creció en años posteriores, pero está asociado a las “privatizaciones” y la “liberación” de mercados sin restricciones. Aquí la referencia del informe, sin usar el término, describe al neoliberalismo en despegue durante aquellos años.

 

El tercer grupo de ideas, que tomó fuerza durante la década de 1990 y alcanzó su punto máximo alrededor de la crisis asiática de 1997-1998, se identifica abiertamente con el “Consenso de Washington” (WC) y con una serie de términos asociados: reformas estructurales, instituciones, gobernanza, transparencia, competencia, competitividad, inversión extranjera directa (IED). El decálogo del WC se tuvo como determinante para el crecimiento sostenido, coincidiendo con la transición hacia economías de mercado en los países de Europa del Este y la antigua Unión Soviética.

 

Y el cuarto “cluster” aparece en la década de 2000, asociado a un conjunto de términos que antes nunca se utilizaron: desigualdad, acceso a la financiación, corrupción, hacer negocios, entorno empresarial, “infraestructura” y hasta “inversión pública”; de modo que el crecimiento económico sugiere una amplia gama de propuestas, que incluyen el “estado de derecho” y también “abordar la desigualdad”. El informe lo denomina “Constelación de Washington”.


Un tema especial del informe realiza un brochazo sobre la política industrial, como “la narrativa olvidada”. Hasta inicios de la década de 1980 formaba parte del lenguaje económico y se advertía la necesidad del Estado interventor en la conducción de la política industrial. Pasó luego a ser una tesis controvertida. Y la sabiduría común de los economistas profesionales pasó a considerar que una buena política de crecimiento debe hacer frente a las “fallas del gobierno”, ya que son pocas las “fallas del mercado”. En otras palabras, limitar la intervención del Estado para dar paso a la libertad de los mercados. A principios de la década de 1990 la “narrativa” de la industrialización cayó en el olvido y literalmente desapareció en la década de 2000; aunque desde 2012 la frecuencia sobre esa idea parece aumentar, pero sigue absolutamente baja.


El Informe en referencia no explica el contexto histórico en el que surgieron las “narrativas”, ni ubica la dimensión social que merecerían. Para utilizar una simplificación bastante común, ejemplifica cómo las ideas dominantes en una época son las de sus “clases dominantes”. En estricto rigor comprueba que, durante las cuatro décadas estudiadas, América Latina no dio origen a las “narrativas” del FMI, aunque sus ideas dominaron desde la década de 1980. Haciendo honor a su dependencia cultural, esas ideas han sido repetidas hasta nuestros días, como consignas insustituibles para la modernización y el crecimiento, por aquellos economistas, políticos e intelectuales identificados con las elites empresariales y las oligarquías latinoamericanas.


Las “recetas” provenientes del FMI no respondieron a las realidades latinoamericanas, pero fueron impuestas a través de gobiernos funcionales al capital transnacional. La aplicación del decálogo del WC arrasó con institucionalidades, derechos laborales, recursos ambientales, bienes y servicios públicos, para beneficiar, casi exclusivamente, a las elites económicas y empresariales, como lo han destacado economistas y científicos sociales del sector crítico latinoamericano. La renegociación de la deuda de Argentina con el FMI, lograda hace poco por el presidente Alberto Fernández, volvió a comprobar la perniciosa conducción del gobierno de Mauricio Macri con sujeción a la “teoría” económica hegemónica. Sin embargo, los informes de resultados del propio FMI y más aún los de instituciones como PNUD, OIT y, sobre todo, la CEPAL, demuestran las nefastas secuelas sociales que han dejado en América Latina esas mismas “ideas” y “narrativas”, que han sido acogidas sin beneficio de inventario. Incluso Chile, considerado el país del éxito neoliberal, no pudo escapar a la precarización de las condiciones sociales de la mano de los privatizadores y “anarco-capitalistas”.


Son cuatro décadas perdidas para la promoción del desarrollo con bienestar social en América Latina. En cambio, los gobiernos que han buscado levantar modelos de economías sociales inspirados en principios de justicia social, redistribución de la riqueza e implantación de los intereses nacionales sobre los privados, encontraron oposiciones permanentes a sus propósitos. Y a pesar de semejantes experiencias, desde 2017 Ecuador volvió a guiarse por las “narrativas” del mercado libre, el retiro del Estado, la flexibilidad laboral y el privilegio empresarial, suscribió un nuevo “acuerdo ampliado” con el FMI en marzo de 2019 (https://bit.ly/3uODikq) y sobre esa base avanza, desde 2021, en la consolidación de una segunda “época plutocrática”, comparable con la que caracterizó al país entre 1916-1925.

https://mail.alainet.org/es/articulo/214940
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