En estos días de enorme tensión, la paz es prioridad

La guerra en Ucrania no comenzó con la intervención rusa. Hay una serie de responsables en este conflicto y cada uno de ellos es importante para entender lo que está ocurriendo hoy.

07/03/2022
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Es imposible no conmoverse ante la atrocidad de la guerra, la violencia de los bombardeos aéreos, el miedo atroz de civiles atrapadxs entre opciones que no son las suyas. Si al leer estas líneas supones que estoy hablando de Ucrania, estás en lo cierto, pero por supuesto, no se trata solo de Ucrania. En la misma semana en que las fuerzas rusas entraron en Ucrania, Estados Unidos lanzó ataques aéreos en Somalia, Arabia Saudita bombardeó Yemen e Israel atacó a Siria y al pueblo palestino en Gaza.

 

La guerra es una herida abierta en el alma de la humanidad. Arroja a la destrucción la preciada riqueza social: «El impacto de la guerra es evidente», escribió Karl Marx en los Grundrisse (1857-58), «ya que, económicamente, es exactamente igual que si la nación arrojara una parte de su capital al océano». Rompe la unidad social y daña la posibilidad de la solidaridad internacional: «los trabajadores del mundo se unen en tiempos de paz», escribió Rosa Luxemburgo en Either Or (1916), «pero en la guerra se degüellan unos a otros».

 

La guerra nunca es buena para los pobres. La guerra nunca es buena para las y los trabajadores. La guerra en sí misma es un crimen. La guerra produce crímenes. La paz es prioridad.

 

La guerra en Ucrania no comenzó con la intervención rusa. Hay una serie de responsables de esta guerra, y cada uno de ellos es importante para entender lo que está ocurriendo hoy.

 

Plurinacionalismo vs. nacionalismo étnico. Ucrania, formada a partir de los imperios lituano, polaco y zarista, es un Estado plurinacional con grandes minorías de hablantes de ruso, húngaro, moldavo y rumano. Cuando Ucrania formaba parte de la Unión Soviética, la cuestión de la etnicidad no resultaba problemática por el hecho de que todas las personas ucranianas eran ciudadanas soviéticas y la ciudadanía soviética era supraétnica. En 1990, cuando Ucrania se separó de la Unión Soviética, la cuestión del origen étnico surgió como una barrera para la plena participación en la sociedad ucraniana. El problema sociopolítico al que se enfrentaba Ucrania no era único; el nacionalismo étnico afloró en casi todos los países del Este postcomunista, desde la terrible ruptura de Yugoslavia iniciada por la independencia de Croacia en 1991 hasta el enfrentamiento militar entre Georgia y Rusia en 2008. La limpieza étnica se consideraba totalmente normal, como cuando Occidente aplaudió la expulsión forzosa de medio millón de serbios de Krajina (Croacia) en 1995. En cambio, Checoslovaquia, uno de los países del Este comunista, se dividió pacíficamente en 1993 en la República Checa y Eslovaquia.

 

Paz regional vs. imperialismo de la OTAN, parte I. Tras el colapso de la Unión Soviética y la disolución del Pacto de Varsovia (1991), Estados Unidos trató de absorber toda Europa del Este en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Esto ocurrió a pesar del acuerdo alcanzado en 1990 con el último gobierno de la Unión Soviética de que, en palabras del entonces secretario de Estado estadounidense James Baker, la OTAN no se movería «ni una pulgada hacia el este». En el nuevo periodo, los países de Europa del Este y Rusia buscaron la integración en el proyecto europeo mediante la entrada en la Unión Europea (con fines políticos y económicos) y en la OTAN (por razones militares). Durante la presidencia de Boris Yeltsin (1991-1999), Rusia se convirtió en socio de la OTAN y entró en el G-7 (que, durante un tiempo, se convirtió en el G-8). Incluso en los primeros años del presidente Vladimir Putin, Rusia siguió pensando que sería acogida en el proyecto europeo. En 2004, la OTAN absorbió a siete países de Europa del Este (Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia). En ese momento, el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, dijo que Rusia entendía que la OTAN no tenía «segundas intenciones». Sin embargo, Moscú acabó cuestionando el persistente avance de la OTAN hacia el este y, en 2007, Putin acusó a la OTAN de hacer una “demostración de fuerza” en el este de Europa. A partir de entonces, la expansión de la OTAN se convirtió en un asunto cada vez más conflictivo. Aunque la entrada de Ucrania en la OTAN fue bloqueada por Francia y Alemania en 2008, la cuestión de la incorporación de Ucrania al proyecto de la OTAN empezó a definir la política ruso-ucraniana. Este último punto evidencia que el debate sobre las «garantías de seguridad» para Rusia es incompleto: no se trata solo de los temores de seguridad de Rusia —ya que esta es una gran potencia nuclear— sino también de la relación de Europa con Rusia. Es decir, ¿podría Europa establecer una relación con Rusia que no se base en los mandatos de Estados Unidos para subordinar a Rusia?

 

Democracia vs Golpe de Estado. En 2014, el presidente ucraniano Víktor Yanukóvich solicitó un préstamo a Rusia, que Putin dijo que le proporcionaría si Yanukóvich dejaba de lado las redes financieras controladas por la oligarquía del país. En su lugar, Yanukóvich recurrió a la Unión Europea (UE), que le ofreció un asesoramiento similar, pero cuyas preocupaciones fueron dejadas de lado por Estados Unidos, una dinámica que se puso de manifiesto cuando la subsecretaria de Estado estadounidense, Victoria Nuland, le dijo al embajador de Estados Unidos en Ucrania, Geoffrey Pyatt, «que se joda la UE». Anteriormente, Nuland se había jactado de los miles de millones de dólares que Estados Unidos gastó en la «promoción de la democracia» en Ucrania, lo que en la práctica significó el fortalecimiento de las fuerzas prooccidentales y antirrusas. Yanukóvich fue destituido y sustituido en un golpe parlamentario por una serie de líderes respaldados por Estados Unidos (Arseniy Yatsenyuk y Petro Poroshenko). El presidente Poroshenko (2014-2019) impulsó una agenda nacionalista ucraniana en torno al lema armiia, mova, vira (‘ejército, lengua, fe’), que se hizo realidad con el fin de la cooperación militar con Rusia (2014), la promulgación de una legislación que convertía el ucraniano en «la única lengua oficial del Estado» y restringía el uso del ruso y otras lenguas minoritarias (2019), y la ruptura de los lazos de la Iglesia ucraniana con el patriarca Kirill de Moscú (2018). Estas medidas, junto con el empoderamiento de los sectores neonazis, rompieron el pacto plurinacional del país y produjeron un grave conflicto armado en la región de Donbass, en el este de Ucrania, que alberga una importante minoría étnica de habla rusa. Amenazada por la política estatal y las milicias neonazis, esta población minoritaria buscó la protección de Rusia. Para mitigar la peligrosa limpieza étnica y poner fin a la guerra en la región de Donbass, todas las partes acordaron un conjunto de medidas de desescalada, incluido el alto el fuego, conocido como los Acuerdos de Minsk (2014-15).

 

Paz regional vs. Imperialismo de la OTAN, parte II. Envalentonados por Occidente, los ultranacionalistas ucranianos aumentaron su poder, y la posibilidad de negociar para resolver el conflicto se desvaneció. Las violaciones de los Acuerdos de Minsk por todas las partes socavaron el proceso. Durante ocho años, la población del Donbass vivió en un estado de guerra constante que, según las Naciones Unidas, produjo más de 14.000 muertos y más de 50.000 heridos entre 2014 y 2021. No parecía haber salida a esa situación. Lo que empezó a producirse fue esencialmente una limpieza étnica, con grandes sectores de rusoparlantes huyendo a través de la frontera hacia la región rusa de Rostov y los ucranianos desplazándose hacia el oeste. Se prestó poca atención internacional a esta crisis y al ascenso de los elementos neonazis. Las potencias de la OTAN se negaron a tomar en serio estas cuestiones o a ofrecer a Moscú garantías de seguridad; en particular, a garantizar que Ucrania no recibiría armas nucleares y que no se convertiría en miembro de la OTAN. Además, Rusia intervino para apoderarse de Crimea, donde su armada tiene un puerto de aguas cálidas. Estos movimientos desestabilizaron aún más la situación, amenazando la seguridad de la región. La negativa de la OTAN a negociar sobre la seguridad de Rusia es el detonante que llevó a la intervención.

 

Las guerras hacen que procesos históricos muy complicados parezcan sencillos. La guerra en Ucrania no es solo por la OTAN o por conflictos étnicos; se trata de todas estas cosas y más. Toda guerra debe terminar en algún momento y la diplomacia debe reiniciarse. En lugar de permitir que esta guerra se intensifique y que las posiciones se endurezcan demasiado rápido, es importante que las armas se silencien y que se reanuden los debates. Si no se ponen sobre la mesa al menos las tres cuestiones siguientes, nada avanzará:

 

1-Adhesión a los Acuerdos de Minsk.

 

2-Garantías de seguridad para Rusia y Ucrania, lo que requeriría que Europa desarrolle una relación independiente con Rusia, que no esté condicionada por los intereses de Estados Unidos.

 

3-Revocación de las leyes ultranacionalistas de Ucrania y vuelta al pacto plurinacional.

 

Si en las próximas semanas no se materializan las negociaciones y los acuerdos de fondo sobre estas cuestiones esenciales, es probable que las peligrosas armas se enfrenten a través de divisiones tenues y que más países se vean arrastrados a un conflicto con el potencial de salirse de control.

 

El escritor ucraniano soviético Mykola Bazhan escribió el poderoso poema «Elegía para las atracciones de circo» (1927) sobre las tensiones de un circo. ¿Podría haber alguna metáfora mejor para nuestros tiempos?

 

Una señora lanzará un grito punzante…

Entonces el pánico apunta y vuela

hacia sus aullidos desgarradores,

arrugando sus bocas desnudas.

Revuelve la saliva y las lágrimas

¡batiendo los labios en muecas!

Se balancean como cadáveres sobre hilos,

las voces.

 

FUENTE: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/ucrania/

 

https://www.alainet.org/es/articulo/215058
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