Las luchas sociales y emancipadoras de las mujeres en Chile y el mundo

El posible reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos en una nueva Constitución podría permitir avanzar en derechos faltantes o en aquellos sancionados que no se cumplen: es el caso del aborto más allá de las tres causales y el de la autonomía reproductiva.

08/03/2022
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El Día Internacional de la Mujer se conmemora debido a que el 8 de marzo de 1908 quedó marcado en la historia del trabajo y la lucha sindical en el mundo entero luego de que 129 mujeres murieron en un incendio en la fábrica Cotton, de Nueva York, Estados Unidos, tras declarar una huelga con permanencia en su lugar de trabajo.

 

El paro de aquel día tenía como fin lograr la reducción de jornada laboral a 10 horas y un salario igual al que percibían los hombres que hacían las mismas actividades. La fábrica fue cerrada para que se desconcentren las trabajadoras, pero quienes se encontraban dentro del edificio murieron.

 

El 3 de mayo de ese año se llevó a cabo un acto por el Día de la Mujer en Chicago, preámbulo para que el 28 de febrero de 1909, en Nueva York, se conmemorara por primera vez el “Día Nacional de la Mujer”.

 

Finalmente, en 1910 tuvo lugar la segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, Dinamarca. El motivo puntual de aquel encuentro fue el sufragio universal para todas las mujeres, y por moción Clara Zetkin, líder del “levantamiento de las 20.000”, se proclamó oficialmente el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en homenaje a las mujeres caídas en la huelga de 1908.

 

En 1977, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) designó oficialmente el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. Luego, en 2011, se celebró el centenario de la celebración, con la premisa de Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer (ONU mujeres).

 

Haciendo un poco de historia respecto de las luchas sociales y emancipatorias que han bregado las mujeres en la historia universal, encontramos el siguiente panorama:

 

 La escritora francesa Olympe De Gouges (1748-1793), es considerada también una de las precursoras del feminismo; fue fundadora de la Sociedad Popular de las Mujeres en 1791y precursora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1789, en respuesta a la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano propuesta en la Revolución Francesa. Este documento reconoce y declara los derechos de las mujeres y es considerado uno de los discursos más brillantes y radicales en favor de las reivindicaciones femeninas. De Gouges reclamó un trato igualitario de la mujer con respecto al hombre en todos los aspectos de la vida, públicos y privados, entre estos el derecho al voto, a ejercer cargos en el gobierno, a hablar en público sobre asuntos políticos, a la propiedad privada, a la participación en el ejército, a tener igualdad de poder en la familia y en la iglesia, así como a la educación.

 

La escritora fue acusada de intrigas sediciosas y guillotinada por haber osado a creer y exigir que los derechos que la Revolución Francesa había ganado para los hombres libres y ciudadanos, fuesen aplicados también para las mujeres. Esta líder es reconocida por discutir la falsa universalidad que esconde el término de hombre, que es el real significado de varón; además por hacer referencia al paradigma de la naturaleza como fundamento de las inequidades existentes. Para ella, la situación de subordinación y discriminación que viven las mujeres es ''un estado de degeneración, respecto a la armonía inicial de los sexos''.

 

El sistema político que triunfó en muchas sociedades del mundo durante el siglo XVIII, fue el constitucionalismo burgués. Este sistema fue apareciendo después del período ilustrado y tenía dentro de sus premisas la exclusión de las mujeres del ámbito público bajo el argumento de supuestas aptitudes y carencias naturales, es decir, continuaban las ideas que sostenían que la mujer carecía de los atributos masculinos identificados con la racionalidad, inteligencia, capacidad de juicio y la competitividad.

 

Por su parte, la escritora y feminista inglesa Mary Wollstonecraft (1759-1797), criticó fuertemente la obra de Rousseau sosteniendo que sus argumentos son pretenciosos al decir que las mujeres por su naturaleza femenina debían obedecer y que la sumisión debía inculcarse desde pequeñas. Además, que ellas adquieren valor y carácter moral cuando son hijas, esposas y madres; al respecto comenta:

 

“El derecho al voto, al trabajo remunerativo en igualdad de circunstancias, a la no esclavitud, a la eliminación de la discriminación civil y a la educación, han sido las reivindicaciones históricas prioritarias de diversos movimientos en pro de la equidad desde sus orígenes; considero que el acceso a la educación conducirá a la igualdad entre los sexos”.

 

Wollstonecraft protagonizó una fuerte campaña en defensa de los derechos de hombres y mujeres, pidió al Estado francés que garantizara un Sistema Nacional de Enseñanza Primaria Gratuita Universal para ambos sexos. En 1792 escribió la Vindicación de los Derechos de la Mujer, obra en la que condena la educación que se daba a las mujeres porque las hacía ''más artificiales y débiles de carácter y porque deforma sus valores con nociones equivocadas de la excelencia femenina''.

 

Mary Wollstonecraft solicitó a las autoridades de su época que reformaran las leyes para terminar con las tradiciones de subordinación femenina; sostuvo además que el Estado debía garantizar la implantación del sistema educativo. La petición más fuertemente criticada fue que se promoviera la igualdad educativa y de oportunidades para ambos sexos.

 

Una de las precursoras del feminismo contemporáneo fue la pensadora y escritora francesa de ascendencia hispano-peruana, Flora Tristán (1803-1844). En su discurso apeló al sentido de justicia universal de la humanidad, considerando que mientras las mujeres en el mundo fuesen tratadas como seres inferiores, serían siempre oprimidas y no obtendrían un bienestar universal. Su aportación al tema de derechos educativos y laborales lo hizo a través de su libro Unión Obrera (1843); aquí hace un llamado a la necesidad de una unión obrera que promoviera la educación de las mujeres, ya que a través de la mejora intelectual, moral y material es como la clase obrera podría progresar.

 

A inicios del siglo XIX, se empieza a evidenciar en Estados Unidos el trabajo de varias mujeres feministas, entre ellas la profesora Lucretia Coffin Mott (1793-1870), que en 1848, junto a Elizabeth Cady Stanton  organizó la Primera Asamblea en Defensa de los Derechos de la Mujer en Nueva York; para este evento Stanton redactó la Declaración de Seneca Falls, conocida como la Declaración de Sentimientos, en la que propuso una resolución que exigía el derecho al voto para las mujeres.

 

Por otra parte, la escritora Harriet Taylor Mill promovió ensayos sobre la situación de la mujer y el matrimonio. En su artículo La emancipación de la mujer (1851), establecía bases para el sufragio femenino, reclamando una plena ciudadanía política y legal para las mujeres inglesas. Como sus contemporáneas feministas americanas, Harriet Mill comparaba a los hombres con los dueños de esclavos y a las mujeres como sirvientes. Sostenía que si la abolición de la esclavitud era una cuestión moral y política, no lo era menos la abolición de la opresión de la mujer.

 

Mientras que John Stuart Mill sostiene que la desigualdad de ambos sexos está arraigada a un sentimiento y no en la razón, además, que la situación de inferioridad de la mujer no ha sido fruto de la libre deliberación del pensamiento sino que proviene desde los primeros días de la sociedad humana, cuando la mujer fue entregada como esclava al hombre, a quien no podía resistir dada la inferioridad de su fuerza muscular.

 

Marx y Engels establecieron las bases del pensamiento socialista sobre la cuestión de la mujer. Engels en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado equiparaba la dominación de clase, con la dominación de la mujer por el hombre. Sin embargo, para ambos la emancipación de la mujer solo se haría realidad tras una revolución socialista que liquidara el capitalismo. La lucha de las mujeres debía subordinarse y articularse a la lucha de clases, ya que no había diferencia alguna entre sus objetivos. Para Marx y Engels la igualdad política entre los sexos era una condición necesaria para la plena emancipación de la sociedad; además comprendían que la base fundamental de la emancipación femenina era su independencia económica frente al hombre. 

 

Dentro de la socialdemocracia alemana, figura la ya antes mencionada Clara Zetkin quien en 1910, Zetkin organiza la Primera Conferencia Internacional de la Mujer en Copenhague; allí plantea el establecimiento del 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, propuesta ampliamente aprobada por las 174.751 afiliadas en 1914. Años más tarde, Zetkin se une a Rosa Luxemburg en actividades para detener algunos acontecimientos de la Primera Guerra Mundial en su país, por este motivo fue encarcelada en varias ocasiones. Fue diputada desde 1920 hasta 1933. Sus intervenciones siempre fueron admiradas, en especial cuando en 1932 se opuso rotundamente a la criminal ideología de Adolf Hitler. Cuando este toma el poder ella solicita exilio en Rusia en 1933; más tarde es nombrada presidenta de la Junta Internacional de Mujeres en ese país.

 

En las sociedades occidentales los movimientos feministas se asocian fundamentalmente con la lucha por la obtención del sufragio femenino, en el marco de las doctrinas liberales que reconocían la necesidad de conceder a todos los ciudadanos, sin distinción de sexo, la igualdad de derechos políticos.

 

La transformación que ha tenido el concepto de equidad proviene en gran parte de las luchas que se protagonizaron a finales del siglo xix y principios del siglo xx, por el movimiento feminista denominado: primera ola. El concepto emerge de la expresión francesa feminisme en 1837, y fue un movimiento que intentó apoyar públicamente los derechos de las mujeres. En la actualidad el feminismo es considerado una ideología y un conjunto de movimientos políticos, culturales y económicos que tienen como objetivo la igualdad de los derechos de las mujeres y de los hombres. Con ello el movimiento feminista crea un amplio conjunto de teorías sociales, entre algunas de ellas: la teoría feminista que ha dado lugar a la aparición de disciplinas como la geografía feminista, la crítica literaria feminista, la historia feminista; así como una amplia variedad de tendencias como el feminismo cultural, liberal, radical, el anarcofeminismo, el feminismo de la diferencia, el ecofeminismo, el feminismo marxista, el separatista, el feminismo filosófico, el cristiano, el feminismo lésbico, el feminismo islámico, el feminismo post-colonial, o el feminismo crítico.

 

Una de las primeras y quizás la más conocida feminista, fue la escritora francesa Simone de Beauvoir. Es reconocida por sus obras, que reflejan una visión reveladora de su vida y de su tiempo. Sus textos fueron caracterizados como polémicos y rechazados por su adscripción a la corriente existencialista francesa. En su famosa obra El segundo sexo, sostiene que si las mujeres son consideradas inferiores a los hombres no era por cuestiones de nacimiento, sino que se volvían inferiores tras un adoctrinamiento cultural disfrazado de determinismo biológico.

 

Desde su planteamiento filosófico las mujeres eran consideradas como el sexo en segundo lugar, después del varón, con una identidad construida en función del otro, el hombre. El libro es considerado como el ensayo feminista más importante del siglo xx, presenta una teoría que explica la subalternidad femenina desde pautas culturales de la civilización y no en términos de la naturaleza biológica. Tuvo una visión de futuro al considerar que era necesario un cambio en el orden social, que las mujeres transformaran su pasividad por un rol más activo, siendo protagonistas de su propia historia y de su libertad.

 

La jerarquía de lo masculino sobre lo femenino era para las feministas de esta primera ola, el principal obstáculo para que las mujeres salieran de esta situación de desventaja, en cuanto a que lo femenino como sexualidad equivalía a hembra y lo masculino a macho. Si se rompía con dichos parámetros de pensamiento y se repensaba por separado en el sexo hembra y género femenino, las ataduras a roles específicos podrían empezar a romperse.

 

El feminismo de la primera ola se caracterizó por la lucha por la igualdad, en particular de derechos, la prohibición de la discriminación en el trabajo, la revocación de las leyes contra el aborto, la igualdad de género en aspectos políticos como el derecho al voto, el trabajo en igualdad de circunstancias y el derecho a la educación. Sin embargo, los movimientos sociales y políticos ocurridos en Francia en 1968 inauguraron la segunda ola del feminismo. Tanto en Francia como en el resto del mundo, este nuevo movimiento se caracterizó por un cambio en las prioridades. La búsqueda de la igualdad es sustituida por una afirmación de la diferencia. Dicho de otro modo, ya no era el objetivo principal ser consideradas como iguales, sino ser reconocidas como género diferente, con necesidades distintas, pero con las mismas oportunidades.

 

Las feministas no pretendían que la mujer fuera lo contrario al hombre; buscaban ser otro verdadero, el reconocimiento de su particularidad como género y no solo como opuesto a masculino. Esta segunda ola fue en muchos sentidos una respuesta en contra del feminismo de la primera ola, que no reconocía la diferencia, sino que se afirmaba como igual al hombre.

 

La tercera ola feminista comienza en la década de 1990 y se extiende hasta la actualidad; constituye una continuación y una reacción a las lagunas que se perciben en el feminismo de la segunda ola.

 

De alguna manera la tercera ola está marcada por el fenómeno de la posmodernidad, en el que las fronteras han sido rebasadas y las tecnologías de la información y la comunicación llegan a rincones remotos del mundo. La desaparición de fronteras reales e imaginarias ha generado una necesidad de reconocimiento de la diferencia como respeto y responsabilidad hacia todo lo que se sale del marco de la identidad misma. En este sentido, los hombres y las mujeres deberían estar en igualdad de representación en los sistemas políticos, hecho que se traduce en igualdad al acceso del poder; asimismo, deberían repartirse equitativamente las funciones domésticas y la educación de los hijos (as). El feminismo de la tercera ola significa que hombres y mujeres son iguales, pero diferentes, dentro de las complejidades de cada género.

 

El feminismo, como teoría y como movimiento ha producido cambios en la sociedad y estos, a su vez, han incidido en el discurso filosófico y científico. Sin embargo, el feminismo contemporáneo es un proyecto pluralista y diverso en el que coexisten diferentes posiciones ideológicas y vitales, materializadas en las diferentes corrientes del feminismo: reformista, radical, revolucionario, socialista, marxista, de la igualdad, de la diferencia, ecofeminismo, etc.

 

En Chile, las luchas femeninas por conquistar el espacio público comenzaron a fines del siglo XIX, cuando un grupo de connotadas educadoras empezó a cuestionar la marginación de las mujeres en la formación universitaria. En efecto, fueron las pedagogas Isabel Le Brun y Antonia Tarragó quienes exigieron al Ministro de Justicia e Instrucción Pública de la época que sus alumnas pudieran rendir exámenes para validar sus estudios secundarios y así poder ingresar a la educación superior. En respuesta a estas presiones, el Ministro Miguel Luis Amunátegui, el 6 de febrero de 1877, dictó el decreto que posibilitó el acceso de las mujeres a las aulas universitarias. Con todo, solo 17 mujeres obtuvieron grados y títulos profesionales universitarios antes de 1900.

 

Paralelamente, se formaban en nuestro país las primeras organizaciones obreras compuestas exclusivamente por mujeres. La primera sociedad mutualista femenina fue la Sociedad de Obreras N°1, fundada en 1887 en Valparaíso y presidida por la obrera textil Micaela Cáceres. Desde ese año comenzaron a aparecer organizaciones de mujeres obreras en el resto del país, agrupando a trabajadoras de diferentes rubros. Incluso, desde las obreras de posturas más avanzadas, surgieron periódicos feministas durante la primera década del siglo XX, como La Alborada (1905) y La Palanca (1908), en los cuales las obreras denunciaban su doble condición de explotación: la que vivían en el trabajo remunerado y también la que experimentaban al interior del hogar. En 1913, la visita de la feminista anarquista Belén de Sárraga dio un nuevo impulso a la organización feminista obrera, esta vez en el norte salitrero, donde se comenzaron a formar los Centros Femeninos Belén de Sárraga.

 

Por su parte, las mujeres de clase media y alta también se organizaron para ocuparse de su condición, dando vida en la década de 1910 a una serie de agrupaciones y clubes que, aunque no eran claramente feministas ni sufragistas, enfatizaban el derecho femenino a la cultura y a la educación. Algunas de estas instituciones fueron el "Círculo de Lectura", fundado por Amanda Labarca, en 1915, el "Club de Señoras", creado por Delia Matte de Izquierdo, en 1916, y el "Consejo Nacional de Mujeres", desprendido del Círculo de Lectura en 1919.

 

La década de 1920 fue un tiempo de auge en la participación política femenina, ya que los grupos organizados de mujeres comenzaron a transitar hacia la reivindicación de derechos civiles y políticos. Así, emergieron las primeras agrupaciones de mujeres que lucharon decididamente por el derecho a voto. Por ejemplo, en 1922 se fundó el Partido Cívico Femenino, el cual se declaró abiertamente como un partido feminista.

 

A partir de 1931, las colectividades femeninas se fueron multiplicando y comenzaron a presionar para la obtención del sufragio municipal femenino, el que fue promulgado en 1934. Un año más tarde, se fundó la organización más emblemática de la primera ola del feminismo en nuestro país, el Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH), el que destacó por su composición pluriclasista, por su alcance nacional y por la amplitud de sus demandas. En efecto, las memchistas lucharon no solo por el derecho a voto, sino que también se movilizaron en contra de la carestía de la vida y del cohecho, por la igualdad salarial, el divorcio, el aborto, la educación sexual y la difusión de los anticonceptivos, entre muchas otras reivindicaciones. Una de sus fundadoras, la abogada Elena Caffarena, redactó el proyecto de ley sobre voto femenino que fue presentado al Senado en 1941. Sin embargo, la muerte del Presidente Pedro Aguirre Cerda, quien apoyaba enérgicamente la lucha de las mujeres, truncó la aprobación de dicha legislación. Con todo, la organización de las mujeres siguió creciendo. Así, el año 1944 se realizó en Santiago el Primer Congreso Nacional de Mujeres, el que culminó con la creación de la Federación Chilena de Instituciones Femeninas (FECHIF), cuyo lema fue "Queremos votar en las próximas elecciones".

 

Pero las tensiones generadas por la Guerra Fría y la posición anticomunista que había tomado el nuevo presidente Gabriel González Videla se hicieron sentir, generando divisiones al interior del feminismo. Lo anterior se expresó en el quiebre de la FECHIF y en la marginación del MEMCH de dicha instancia hacia 1946. Pese a ello, el objetivo que se habían planteado las sufragistas se cumplió finalmente el 8 de enero de 1949, cuando el Presidente estampó su firma en el texto que concedía plenitud de derechos políticos a las mujeres.

 

Por otro lado, los derechos sexuales y reproductivos en Chile buscan velar por la protección de la libertad y autonomía de la sexualidad y reproducción, y que estas se ejerzan sin violencia e informadamente. Chile no los contempla en su Carta Fundamental.

 

En abril de 2020 el Fondo de Población de la ONU indicó que “47 millones de mujeres en países de renta media y baja no tendrán acceso a anticonceptivos modernos y que la violencia de género aumentaría en un 20% durante el confinamiento”. Las cifras de embarazos producidos en nuestro país durante la pandemia aún se desconocen, pero “ya ha habido un porcentaje pequeño de aumento de ingreso por control prenatal, que tuvo un aumento mínimo. También los abortos sin apellido, porque no se ha podido determinar  si son provocados o no” , de acuerdo a La Segunda.

 

Uno de los primeros conversatorios que se llevaron a cabo respecto a estas materias se realizó en la Conferencia Mundial sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, celebrado en México el año 1975. Más tarde se creó la Convención sobre la Eliminación de toda Forma de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, en inglés), aprobada por la ONU en 1979 y ratificada por 187 países. Entre sus exigencias se encuentra la modificación del papel tradicional de hombres y mujeres en la sociedad y en la familia, y tomar las medidas necesarias para eliminar la discriminación de género.

 

Nuestro país ratificó la CEDAW en 1989. Sin embargo, los primeros avances llegaron con la vuelta a la democracia durante el gobierno de Patricio Aylwin a través de la creación del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam) en 1990. Más tarde se instalaron las Jornadas de Conversación sobre Afectividad y Sexualidad, más conocidas como JOCAS, bajo el mandato del Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Estas jornadas extracurriculares buscaban crear un diálogo en las comunidades escolares, pero no eran un programa educativo propiamente tal. Las reacciones del ala conservadora no se hicieron esperar y en 1996 se presentó en la Cámara de Diputados un proyecto de suspensión a la aplicación del programa ya que “atenta contra el más elemental concepto de lo que significa educar y constituye un atropello a la formación y dignidad de los niños y adolescentes de nuestro país”. En 1998 Chile ratificó la Convención de Belem do Pará que condena la violencia contra la mujer. El cambio de siglo trajo nuevos aires reformistas y controversiales. En 2010 se promulgó la Ley 20.418 que fija normas sobre información, orientación y prestaciones en materia de regulación de la fertilidad, permitiendo el acceso a los métodos de anticoncepción de emergencia o píldora del día después. La discusión no solo estuvo enfocada constitucionalmente en lo abortivo que podría ser el medicamento, sino que el reglamento mismo de la norma se entrampó por 37 meses, lo que permitió aplicar la ley recién en febrero de 2013.

 

El Artículo 226 del Código Sanitario de 1931 señalaba que “sólo con fines terapéuticos se podrá interrumpir un embarazo o practicar una intervención para hacer estéril a una mujer”. Este fue derogado en 1989, lo que mantuvo a Chile por 28 años con una prohibición total del aborto en cualquiera de sus formas hasta que fue promulgada la Ley de Aborto en Tres Causales el 14 de septiembre de 2017. Una de las concesiones realizadas fue establecer la objeción de conciencia de los profesionales de la salud que hasta septiembre de 2019, según el sitio web del Ministerio de Salud, fue manifestada por 2.445 de un total de 4.809 trabajadores del sistema.

 

Tanto con la píldora del día después y la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en tres causales, la Constitución más que ayudar en la discusión, ha sido una base para cuestionar las legislaciones que se quieren generar, por ello consagrar el derecho a la salud sexual y reproductiva en una nueva Constitución es parte de los temas de la agenda feminista. De acuerdo a la Corporación Miles (2019), el 45% de los encuestados presentó dificultades para acceder a servicios de salud sexual y reproductiva, mientras que un 56% de las mujeres no pudo acceder a métodos anticonceptivos. Bajo este contexto, la abogada de Corporación Miles, Laura Dragnic, comentó que su consagración va de la mano con la real garantía de que el derecho a la salud se respete en nuestro país, y no quede sujeto a una elección entre lo público y privado que se ve limitada por la situación socioeconómica. Además que su consagración no es importante solamente porque ello podría generar todo el entramado jurídico, toda una normativa suficiente para poder incorporarlos efectivamente a la vida de las personas, sino porque hoy día la Constitución Política se ha consagrado como un tope en la lucha de los derechos sexuales y reproductivos.

 

El posible reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos en una nueva Constitución no solo es esencial por la garantía de aquellos, sino también porque su consagración podría permitir que en el futuro se siga avanzando en otro tipo de derechos que se han puesto en discusión durante los últimos años, dado que no se cumplen o no se consagran. Uno de ellos es el aborto más allá de las tres causales, para el que el establecimiento, por ejemplo, de la autonomía reproductiva podría ser un esencial primer paso.

 

Por otra parte, la consagración de derechos sexuales y reproductivos también es fundamental para avanzar en otro tema importante para las mujeres: tener una vida libre de violencia. Esta coacción se refleja en la desinformación en materia de aborto en tres causales, no tener acceso a prestaciones de control de la fertilidad o anticonceptivos. Por ello, avanzar en esta consagración permitirá continuar también en la erradicación de un tipo de maltrato del que poco se habla.

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