Ucrania: un conflicto empapado de contradicciones y nuevos modelos en la guerra y los medios de comunicación

Los medios de comunicación occidentales se están convirtiendo cada vez más en taquígrafos de sus Gobiernos. Cualquiera que se oponga a la narrativa de Washington es descartado como irrelevante, y estas voces marginales tienen dificultades para desarrollar una audiencia.

10/03/2022
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La sorpresa y el horror definen la reacción a la intervención militar rusa en Ucrania. Es probable que esto se deba a que, aunque la intervención ha seguido los contornos de una guerra terrestre moderna, también ha marcado, en varios sentidos, una ruptura con el pasado. El mundo se ha acostumbrado a las intervenciones militares de los Estados Unidos. Sin embargo, ésta no es una intervención estadounidense. Y esto ha sido una sorpresa, que ha desconcertado por igual a periodistas y expertos.

 

Incluso mientras condenamos la violencia y la pérdida de vidas en Ucrania como resultado de la intervención rusa (y la violencia neofascista en el Dombás), es valioso dar un paso atrás y observar cómo el resto del mundo puede percibir este conflicto, empezando por el interés etnocéntrico de Occidente en un ataque cuyos participantes y víctimas creen compartir aspectos de identidad, ya sea relacionados con la cultura, la religión o el color de la piel.

 

Guerras blancas

 

La guerra en Ucrania se suma a una secuencia de guerras que han abierto llagas en un planeta muy frágil. Las guerras en África y Asia parecen interminables, y algunas de ellas apenas se comentan con un poco de sensibilidad en los medios de comunicación de todo el mundo o en la cascada de publicaciones que se encuentran en las plataformas de las redes sociales. Por ejemplo, la guerra en la República Democrática del Congo, que comenzó en 1996 y que ha provocado millones de víctimas, no ha suscitado el tipo de simpatía global que se observa ahora durante los reportajes sobre Ucrania. Por el contrario, los comentarios sorprendentemente francos de líderes políticos y periodistas durante el conflicto en Ucrania han revelado la preponderancia del racismo en la imaginación de estos creadores de opinión pública.

 

Recientemente fue imposible conseguir que los principales medios de comunicación mundiales se mostraran interesados por el conflicto de Cabo Delgado, que se originó a partir de la captura del botín de gas natural por parte de TotalEnergies SE (Francia) y ExxonMobil (EE. UU.) y que llevó al despliegue de los militares ruandeses respaldados por Francia en Mozambique. En la COP26, hablé con un grupo de ejecutivos de empresas petroleras sobre esta intervención – que yo había cubierto para Globetrotter – y uno de ellos respondió con precisión: “Tienes razón en lo que dices, pero a nadie le importa”.

 

A nadie, es decir, a las fuerzas políticas de los Estados del Atlántico Norte, les importa el sufrimiento de los niños y niñas de África y Asia. Sin embargo, están afectados por la guerra en Ucrania, que debe afectarles, que nos angustia a todos y todas, pero que no debería considerarse peor que otros conflictos que tienen lugar en todo el mundo y que son mucho más brutales y que, además, es muy probable que desaparezcan de la memoria de todos y todas debido a la falta de interés y atención que les prestan los líderes mundiales y los medios de comunicación.

 

Charlie D’Agata, de CBS News, dijo que Ucrania “no es un lugar, con el debido respeto, como Irak o Afganistán, que ha visto un conflicto extenderse durante décadas. Se trata de una ciudad relativamente civilizada, relativamente europea – tengo que elegir esas palabras con cuidado también –, en la que no se esperaría eso, ni se esperaría que… [un conflicto] fuera a ocurrir”. Claramente, estas son las cosas que uno espera ver en Kabul (Afganistán) o Bagdad (Irak) o Goma (República Democrática del Congo), pero no en una “relativamente civilizada, relativamente europea” ciudad ucraniana. Si uno espera ver este tipo de cosas en las otras ciudades, las primeras nombradas, entonces es muy pequeña la necesidad de indignarse de una forma especial por la violencia que se vive en ellas.

 

No se esperaría tanta violencia en Ucrania, dijo a la BBC el fiscal jefe adjunto del país, David Sakvarelidze, por el tipo de personas que quedaron atrapadas en el fuego cruzado: “gente europea de ojos azules y pelo rubio que es asesinada cada día”. Sakvarelidze considera que los ucranianos son europeos, aunque D’Agata los llame “relativamente europeos”. El punto es que no son africanos o asiáticos, personas que – si se piensa detenidamente en lo que se está diciendo aquí – ciertos líderes mundiales y medios de comunicación internacionales esperan que sean asesinados a través de la violencia desatada contra ellos por las grandes potencias mundiales (y con las armas vendidas a los matones locales de estas regiones por estas grandes potencias).

 

¿La peor guerra?

 

El 23 de febrero de 2022, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, en una sentida declaración sobre la intervención militar rusa en Ucrania, dijo: “En nombre de la humanidad no permitan que comience en Europa lo que podría ser la peor guerra desde principios de siglo”. Al día siguiente, el 24 de febrero, con Rusia lanzando “el mayor ataque contra un Estado europeo desde la Segunda Guerra Mundial”, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, condenó este “bárbaro ataque” y dijo que “es el presidente Putin quien está trayendo la guerra de nuevo a Europa”. “Devolver la guerra a Europa”: este es un lenguaje instructivo de Von der Leyen. Me recordó el Discurso sobre el colonialismo (1950) de Aimé Césaire, en el que el gran poeta y comunista se lamentaba de la capacidad de Europa para olvidar el terrible trato fascista de las potencias coloniales a los pueblos de África y Asia cuando hablaban de fascismo. El fascismo, escribía Césaire, es la devolución a Europa de su propio experimento colonial.

 

Cuando Estados Unidos invadió Irak en 2003, ni el secretario general de las Naciones Unidas ni el presidente de la Comisión Europea salieron a condenar inmediatamente esa guerra. Ambas instituciones internacionales la secundaron, permitiendo la destrucción de Irak, que provocó la muerte de más de un millón de personas. En 2004, un año después de la guerra de Estados Unidos contra Irak, después de que salieran a la luz informes sobre graves violaciones de los derechos humanos (incluidos los de Amnistía Internacional sobre la tortura en la prisión de Abu Ghraib), el entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, calificó la guerra de “ilegal”. En 2006, tres años después del inicio de la guerra, el primer ministro italiano Romano Prodi, que había sido presidente de la Comisión Europea en 2003, calificó la guerra de “grave error”.

 

En el caso de la intervención rusa, estas instituciones se apresuraron a condenar la guerra, lo cual está muy bien; pero ¿esto significa que se apresurarán a condenar a Estados Unidos cuando inicie su próxima campaña de bombardeos?

 

Taquigrafía de guerra

 

La gente me pregunta a menudo cuál es el medio de comunicación más fiable. Es una pregunta difícil de responder en estos días, ya que los medios de comunicación occidentales se están convirtiendo cada vez más en taquígrafos de sus Gobiernos (exhibiendo cada vez más las actitudes racistas de los reporteros, lo que hace que las disculpas que vienen después sean poco reconfortantes). Los medios de comunicación patrocinados por el Estado en Rusia y China están cada vez más prohibidos en las redes sociales. Cualquiera que se oponga a la narrativa de Washington es descartado como irrelevante, y estas voces marginales tienen dificultades para desarrollar una audiencia.

 

La llamada cultura de la cancelación demuestra sus límites. D’Agata se ha disculpado por su comentario de que Ucrania es “relativamente civilizada, relativamente europea” en comparación con Irak y Afganistán, y ya ha sido disculpado porque está en el “lado correcto” del conflicto en Ucrania. La cultura de la cancelación se ha trasladado del parloteo de las redes sociales a los campos de batalla de la geopolítica y la diplomacia en lo que respecta al conflicto entre Rusia y Ucrania. Suiza ha decidido poner fin a un siglo de neutralidad formal para anular a Rusia aplicando sanciones europeas contra ella (recordemos que Suiza se mantuvo “neutral” mientras los nazis arrasaban Europa durante la Segunda Guerra Mundial, y operó como el banco de los nazis incluso después de la guerra). Mientras tanto, la libertad de prensa ha sido dejada de lado durante el actual conflicto en Europa del este, con Australia y Europa suspendiendo la emisión de RT, que es una red internacional de medios de comunicación controlada por el Estado ruso.

 

La fiabilidad de D’Agata como periodista seguirá siendo incuestionable. Se “equivocó”, dirán, pero esto es un desliz freudiano.

 

Los cálculos de la guerra

 

Las guerras son espantosas, especialmente las de agresión. El papel del reportero es explicar por qué un país va a la guerra, especialmente a una guerra no provocada. Si estuviéramos en 1941, podría intentar explicar el ataque japonés a Pearl Harbor durante la Segunda Guerra Mundial o la suposición japonesa de que los nazis derrotarían pronto a los soviéticos y luego llevarían la guerra al otro lado del Océano Atlántico. Pero los soviéticos resistieron, salvando al mundo del fascismo. Del mismo modo, el ataque ruso a Ucrania requiere una explicación: sus raíces se hunden en varios acontecimientos políticos y de política exterior, como el surgimiento postsoviético del nacionalismo étnico a lo largo de la columna vertebral de Europa del Este, el avance hacia el este del poder de Estados Unidos – a través de la OTAN – hacia la frontera rusa, y la turbulenta relación entre los principales Estados europeos y sus vecinos del este (incluida Rusia). Explicar este conflicto no es justificarlo, pues hay poco que justificar en el bombardeo de un pueblo soberano.

 

Existen voces sensatas en todos los lados de los conflictos sangrientos. En Rusia, el diputado de la Duma Estatal Mikhail Matveev, del Partido Comunista, dijo – poco después de la entrada rusa en Ucrania – que votó a favor del reconocimiento de las provincias escindidas de Ucrania, que “votó a favor de la paz, no de la guerra”, y que votó “para que Rusia se convierta en un escudo, para que Dombás no sea bombardeada, y no para que Kiev sea bombardeada”.

 

La voz de Matveev confunde la narrativa actual: pone en movimiento la difícil situación del Dombás desde el golpe de Estado impulsado por Estados Unidos en Ucrania en 2014, y hace sonar la alarma contra la magnitud de la intervención rusa.

 

¿Hay espacio en nuestra imaginación para tratar de entender lo que dice Matveev?


 

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