Invasión rusa a Ucrania y crisis civilizatoria: seis factores de un sacudón energético, ambiental y alimentario

En este artículo ae resaltan brevemente seis aspectos determinantes en el rumbo energético, ambiental/climático y alimentario, que marcan las dinámicas políticas y los futuros acontecimientos globales. 

11/03/2022
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La brutal y condenable invasión del Gobierno de Vladimir Putin a Ucrania está haciendo estremecer al ya muy convulso sistema global. Además de los impactos humanitarios –por ejemplo, para el 3 de marzo ya se había superado el millón de desplazados–, el conflicto tiene carácter internacional y dependiendo de su evolución podría de hecho introducirnos a un nuevo escenario de conflagración de riesgos extremos, de callejones sin salida. Ronda incluso el fantasma de las armas nucleares, ahora en un contexto de desquiciamiento geopolítico propio del siglo XXI. Tiempo verdaderamente peligroso para cualquier escalada bélica.

 

Más allá del presente combate en territorio ucraniano, conviene recordar que este conflicto es también hijo de la crisis civilizatoria que vivimos, y que a su vez va contribuyendo a definir su evolución próxima. Quien nos lea, independientemente desde donde lo haga, está siendo y será seriamente impactado, de una u otra forma, por este nuevo escenario global. La invasión de Putin tiene además efectos en el problema del cambio climático, en la seguridad alimentaria, en la crisis energética y las posibilidades y formas de la transición energética, en el costo de la vida o en la muy delicada crisis ambiental.

 

En este artículo resaltamos brevemente seis aspectos determinantes en el rumbo energético, ambiental/climático y alimentario, que marcan las dinámicas políticas y los futuros acontecimientos globales. Veamos.

 

  1. Crisis energética en el trasfondo del conflicto: punto de inflexión europeo y el gas como ámbito de disputa

 

El conflicto en Ucrania se produce en medio de una crisis energética global, ya de vieja data, y contribuye a intensificarla. ¿Podría dicha crisis energética ser también un factor que haya contribuido a desencadenar esta invasión? Como mínimo, el factor energía está también en el trasfondo del conflicto: por un lado, Europa se acerca a un umbral peligroso de inseguridad energética; por el otro, en el ámbito del gas también se está librando una batalla en la que, además de Rusia, participa los Estados Unidos.

 

La invasión rusa a Ucrania ha generado un punto de inflexión en el rumbo energético europeo, a decir incluso de funcionarios de alto rango de la Unión Europea (UE) (incluida Ursula von der Leyen, la presidente de la CE). La dependencia de la unión podría ser catalogada de angustiante: Europa depende alrededor de 40% del gas natural ruso. Se anuncia la urgencia de cambios en el rumbo energético regional.

 

En enero de este 2022, por primera vez, Estados Unidos exportaba más gas a Europa que el que Rusia suministró a dicho continente por la vía de los gasoductos. Productores estadounidenses buscan ampliar su posicionamiento como surtidores en Europa; paradójicamente el conflicto que viven de cerca sus aliados geopolíticos es asumido como una buena oportunidad de negocios para este sector económico norteamericano. Sin embargo, este gas es mucho más caro (debido a mayores procesamientos y transporte). En realidad, el gas ruso es el más barato que puede conseguir Europa. Para el ‘viejo continente’ el problema no es sólo el acceso de este recurso, sino también su precio que, si es muy alto, tiene serios impactos inflacionarios y se vuelve prohibitivo. La clave resaltada por voceros oficiales europeos es: diversificación de fuentes energéticas y suplidores.
 

Por otro lado, ¿podría Rusia interrumpir los envíos de gas a Europa en el corto plazo? Parece una opción muy difícil si se toma en cuenta la doble dependencia que existe en esta relación, siendo que las rentas obtenidas por Rusia por la venta de hidrocarburos son de importante cuantía. El hecho de que las sanciones internacionales a Rusia no hayan tocado ni al gas ni al petróleo evidencia esta mutua dependencia.
 

¿Puede Rusia en cambio virar hacia otros mercados? China podría ser un destino para mayores envíos rusos, siendo que tres semanas antes de la invasión a Ucrania ambos países firmaban nuevos acuerdos en torno al gas y petróleo enviados al país asiático. En Pekín, en esas fechas Putin y Xi Jinping planteaban una declaración conjunta estrechando la alianza de las dos potencias y planteando críticas a los EEUU y sus aliados. Pero hay que añadir que el apoyo chino es estratégico, no incondicional, y el conflicto en torno a Ucrania puede enredar algunas cosas.
 

En todo caso, se ha removido significativamente el sistema de alianzas energéticas, seguramente con impactos en todo el mundo. No se olvide: la crisis energética actual es en realidad la señal de la inviabilidad del patrón energético actual basado en los hidrocarburos y en el crecimiento sostenido. Todo va llegando a su límite. El volátil escenario global no garantiza ninguna proyección lineal y sí mucha incertidumbre.

 

  1. ‘Nuevo Pacto Verde’: ¿se puede acelerar la transición energética europea?

 

El nuevo punto de inflexión en el rumbo energético europeo está suponiendo la posibilidad concreta de un reimpulso a la transición energética, en la que aparecen con fuerza las energías renovables, en medio de la crisis ambiental y climática global. Voceros de la UE como Von Der Leyen o el Primer Ministro británico Boris Johnson han enfatizado la necesidad de acelerar la inversión e implementación masiva de proyectos y tecnologías ‘limpias’ para reducir la dependencia con Rusia y alcanzar la ‘independencia energética’ lo más pronto posible. El Gobierno alemán estaría buscando acelerar un cambio hacia un sistema eléctrico 100% renovable para 2035. Lógicamente esto puede despertar cierto entusiasmo para avanzar hacia la llamada ‘descarbonización’ de las economías. Pero en realidad hay varias limitantes

 

En primer lugar, no hay una sino diversas visiones en juego en torno a las transiciones energéticas en el continente, en la cual otras proponen que lo necesario sería también explotar combustibles fósiles propios (como los del mar del Norte), así como buscar otros suplidores aliados de estos tipos de recursos. No son necesariamente visiones excluyentes a otras fuentes de energía, pero en algunos casos prevalecen pragmatismos que poco toman en cuenta el factor ambiental y climático.

 

Por otro lado, en la narrativa oficial de la UE la energía nuclear es considerada una ‘energía limpia’, algo muy polémico a la luz de la enorme peligrosidad de los desastres nucleares, de los cuales hemos tenido pruebas en el pasado (desde Chernobyl a Fukushima). El posicionamiento de la política de un ‘Nuevo Pacto Verde’ para Europa, y la actual crisis desatada por la invasión a Ucrania ha generado que sectores pro-nuclear introduzcan la idea de reimpulsar este tipo de energía. Luego del avance de la eliminación gradual de reactores nucleares en Alemania, ahora se reabierto la discusión sobre el tema en este país, cuando los ministros de economía de los 16 estados alemanes han sido llamados a reevaluar las posibilidades de operación de la energía nuclear. “Todas las opciones están sobre la mesa”, ha dicho Andreas Pinkwart, ministro de Asuntos Económicos y Energéticos de Renania del norte-Westfalia, el estado más poblado del país.

 

Con el carbón se da una situación parecida, aunque este aparece más bien como una opción de corto plazo ante la emergencia, dada su muy mala reputación en relación al tema del cambio climático y el no ser considerado una ‘energía limpia’. En plena invasión a Ucrania, su precio se ha disparado a niveles históricos.

 

En segundo lugar, una transición energética verde sería lenta y paulatina, muy difícil de alcanzar en el corto plazo. Además, las renovables no pueden ofrecer la alta rentabilidad económica y energética que proveyó por varias décadas el petróleo al desarrollo capitalista, por lo que representa un desafío que pueda articularse masivamente con las endemoniadas lógicas de aceleración del crecimiento que requiere el sistema para sobrevivir.

 

En tercer lugar, aunque poco se hable, lo que en realidad plantea el Nuevo Pacto Verde es el tránsito hacia un capitalismo verde, uno que de ninguna manera plantea un cuestionamiento de fondo al modelo de consumo, producción y crecimiento sin fin, en un planeta que sencillamente ya no aguanta más las presiones extractivas y de degradación de sus ecosistemas. A nuestro juicio, es la propia crisis sistémica la que va a ir haciendo cada vez más insostenible los niveles de intensidad en el consumo de materiales, agua y energía, por lo que parece bastante probable que Europa y el resto del mundo tendrán también que trabajar duro para bajar o racionar estos niveles de consumo energético. Así que el problema de fondo no es sólo la fuente de energía que se use.

 

 

Lo que quizás podría decirse es que una transición hacia energías renovables y probablemente más descentralizadas, podría reducir considerablemente las tensiones geopolíticas que exacerbaba el petróleo y el afán de tenerlo a toda costa; al tiempo que podría fortalecer formas de soberanía energética más localizadas.

 

  1. Crisis económica global e inseguridad alimentaria: potencial escenario de protestas populares

 

La invasión a Ucrania y la potencial escalada de confrontación internacional tienen múltiples impactos económicos, como afectaciones aún mayores a la ya irregular cadena de suministros, y por tanto, a los niveles de producción de diversos sectores industriales (automovilístico, celulares, entre otros), perjudicando la ansiada ‘recuperación económica’. El impacto que quisiéramos destacar en este artículo es el relacionado con la inflación, un problema que ha venido intensificándose a nivel mundial con la crisis de la pandemia. El vertiginoso aumento de los precios de la energía que se ha desatado a raíz de la invasión a Ucrania –por ejemplo, el petróleo llega a los casi 120$ el barril (el más alto desde 2012) o el gas natural TTF holandés llegó a un récord histórico– es uno de las principales causales de un nuevo y reciente impulso inflacionario general. De empeorar el conflicto, la situación se agravaría aún más.

 

Este proceso afecta a los esfuerzos de Gobiernos e inversores para la ‘recuperación económica’ global, lo que evidentemente incluye a la UE. Esto también incide en sus planes y financiamientos para una transición energética ‘verde’.

 

Por otro lado, el impacto también se genera en el precio de los alimentos, algo adicionalmente agravado por la guerra en Ucrania y las sanciones sobre Rusia, tomando en cuenta que Rusia y Ucrania exportan casi el 30% del trigo que se consume a escala mundial, 20% del maíz y 80% del aceite de girasol. Según FAO, los precios generales de los alimentos ya han superado niveles de 2011. Por cierto, valdría la pena resaltar lo ocurrido aquel año: protestas populares en países del norte de África y Medio Oriente, en muy buena medida de sectores empobrecidos, afectados por el incremento del precio de los alimentos que fue un importante detonante para que la gente se echara a la calle, en la recordada ‘Primavera Árabe’, de la cual varios mandatarios salieron derrocados. El 40% de las exportaciones ucranianas de trigo y maíz se han dirigido precisamente al Medio Oriente y África. ¿Qué puede pasar con este abastecimiento y hasta dónde podrían escalar los precios de empeorar la situación de guerra en Ucrania? Se trata de otra compleja dimensión de la conflictividad de este escenario internacional.

 

  1. ¿La política climática para otro día?

 

Prácticamente mientras comenzaba a desarrollarse la invasión rusa a Ucrania se finalizaba y publicaba el Sexto Reporte de Evaluación del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC), en el cual se hacía un nuevo llamado de alerta señalando que, si no se toman las urgentes medidas para enfrentar el calentamiento global la crisis climática se va a magnificar, y que se nos están cerrando las ventanas de oportunidad rápidamente.

 

Otra vez el curso de los acontecimientos históricos contemporáneos nos abofetea revelando la paradoja de un sistema global moderno que nos ha prometido por años progreso y bienestar, y en el fondo tributa a la muerte: en medio de una agudización de la crisis climática surge esta nueva guerra. Recursos, fuerzas, energías, se están dirigiendo masivamente a esta lógica de aniquilación, como si ya no tuviésemos suficiente.

 

Lo preocupante es que este escenario y sus múltiples impactos presionan para relegar las políticas climáticas a un segundo plano. Alemania anuncia un extraordinario aumento de su presupuesto militar (2% del PIB); Mario Draghi apunta que similar política debe ser llevada por Italia, y así lo anuncian voceros gubernamentales de Rumania, Polonia, Irlanda, entre otros. Mismo anuncio para China, y reportes señalan que Biden pretende pedir una cifra record al Congreso en gasto militar para 2023.

 

Como ya mencionamos más arriba, se vuelve a hablar de carbón, y los pragmatismos de la ‘seguridad energética’ y militar se aferran a los combustibles fósiles. Las pretensiones estadounidenses de enviar más gas a Europa y ganar mercados que anteriormente eran rusos, se realizaría a costa de expandir el fracking en ese país, lo que aumenta las emisiones de metano, el cual tiene 80 veces más poder de calentamiento atmosférico que el CO2. A esto habría que sumarle que para alcanzar dichos objetivos se tratarían de mantener subsidios a los combustibles fósiles.

 

Todo esto pondría aún más en entredicho los discursos políticos vinculados a la transición verde, el Green New Deal, y la credibilidad de los liderazgos políticos en su mentada ‘lucha’ global contra el cambio climático. A medida que los efectos de la crisis climática se intensifiquen, la contradicción será aún más intensa, lo que implicará la demanda política y social de medidas urgentes contra el problema. Sectores de la sociedad se verán también en medio de estas tensiones entre lo ambiental, la seguridad interna y los requerimientos de acceso a la energía.

 

  1. América Latina, ¿se podría modificar también el sistema de alianzas energéticas?

 

Los impactos globales y multidimensionales que acarrea la invasión rusa a Ucrania también afectarán de una u otra forma a América Latina, aunque de maneras diferenciadas. Ya nuestra región era la más afectada entre las regiones “en desarrollo” del mundo por la pandemia según ONU; ahora las presiones inflacionarias tendrán efectos nocivos en las economías de estos países, sobre todo en los sectores más pobres de la sociedad. Esto último ha sido también un factor asociado a la mayor incidencia de protestas populares.

 

El crecimiento de los precios de las materias primas que se está experimentando muy probablemente va a beneficiar a los productores petroleros y gasíferos, así como de granos, y perjudicar a los importadores de energía.

 

Sobre esto último, el conflicto en Ucrania y los potenciales cambios en curso en el sistema de alianzas energéticas mundiales ha también abierto un complejo y contradictorio proceso en el marco de la geopolítica de la energía, que puede impactar a América Latina. En la política exterior de Washington ante esta nueva guerra se está buscando identificar suplidores de hidrocarburos alternativos que puedan cubrir las cuotas que se perderían debido al boicot a este sector ruso. Estas pretensiones se han hecho evidentes desde vocerías republicanas y demócratas. En este objetivo, Latinoamérica, por sus reservas y cercanía a los Estados Unidos, tiene también un rol, especialmente Venezuela, que ha sido señalada como un posible substituto. Nótese que mientras las importaciones de crudo desde este país suramericano e histórico suplidor confiable, se derrumbaron al mínimo con las sanciones de 2019, las importaciones desde Rusia se duplicaron y más desde ese mismo año.

 

La invasión rusa a Ucrania ha dado pie a movimientos de los Estados Unidos para intentar desplazar a Rusia del terreno que ha ganado en América Latina. Tómese en cuenta que también hay matices entre los aliados latinoamericanos de Rusia, que por ejemplo se han abstenido ante la resolución de Naciones Unidas para condenar la invasión, o han propuesto llamados a una solución diplomática.
 

El caso específico reciente de Venezuela está mostrando tendencias a las negociaciones. El pasado 5 de marzo se habría dado la primera reunión de alto nivel en años entre voceros del Gobierno estadounidense y el de Maduro, con el fin de recuperar las exportaciones de crudo hacia los EEUU, posiblemente a cambio de levantar las sanciones y facilitar la participación de capitales foráneos en la recuperación de la industria petrolera nacional. El día anterior 4 de marzo, Maduro había anunciado que estaba listo para venderle petróleo a Estados Unidos y que “los temas económicos no deben ser politizados”.


Estos recientes acontecimientos no necesariamente trazan un rumbo predecible, sino más bien contradictorio. Lo que sí queda en evidencia, además de las posibilidades de recomposición de alianzas energéticas, es que el conflicto ruso-ucraniano nos muestra un contexto global de aceleración de lucha por recursos, áreas de influencias y neocolonias, que se hace altamente competitivo. No se olvide también que, buena parte de los minerales requeridos para la ‘transición verde’ en el Norte Global (litio, cobre, níquel, etc) se encuentran en América Latina, así que seguiremos presenciando significativos cambios en la geopolítica del extractivismo en la región.
 

 

  1. El fantasma de Chernobyl

 

La toma de la planta de energía nuclear y la zona de exclusión de Chernobyl por parte de las tropas rusas, así como de la planta de Zaporizhzhia (la más grande de Europa), y el incendio ocurrido en sus instalaciones en el marco del conflicto, ha hecho que se disparen las alarmas a nivel global, y que se reviva el fantasma de Chernobyl-1986, recordando uno de los peores desastres ambientales de la historia contemporánea y quizás de la humanidad.
 

En Ucrania existen 15 reactores nucleares operativos ubicados en zonas cercanas a ciudades y localidades pobladas –y que generan la mitad de la electricidad que se consume en el país. Además de ser claramente un objetivo de control militar, las propias operaciones de las plantas nucleares son vulnerables a las dinámicas del conflicto. El ecologista y activista antinuclear ruso, Oleg Bodrov, señaló a fines de febrero que el personal de reemplazo de la planta de Chernobyl no estaba logrando trasladarse al lugar para sustituir a sus colegas, y que esto generaba una peligrosa disrupción de sus operaciones–recuérdese que en esta planta aún hay material radioactivo que gestionar. En el caso de Zaporizhzhia, las autoridades ucranianas señalaron que un proyectil había impactado un edificio en las cercanías de un reactor de la planta, lo que provocó el incendio, que finalmente fue controlado.


Es cierto que, a diferencia de los tiempos del desastre de Chernobyl, las actuales plantas cuentan con mejores tecnologías, materiales y protocolos de seguridad que hacen más difícil la ocurrencia de una catástrofe. Pero estamos hablando de energía nuclear que hoy se encuentra en zonas de guerra. No es necesario hablar únicamente de ataques militares directos a las plantas –algo que sería verdaderamente retorcido–; como lo ha señalado Serhii Plokhy, profesor de historia de Ucrania en la Universidad de Harvard, el desastre de Fukushima de 2011 evidenció que para que se diera el derretimiento de los reactores la única cosa que se necesito fue un corte de electricidad.


Todo esto expresa muy bien los rasgos de este paradigma civilizatorio moderno: hemos venido, hasta niveles extremos, jugando con fuego. Los llamados políticos a la sindéresis coexisten con las dinámicas de la desquiciada geopolítica de la crisis civilizatoria. Así que con la energía nuclear tenemos otra encrucijada existencial. 

 

Contra la guerra y la cultura de muerte, por un cambio civilizatorio


La invasión de Putin a Ucrania debe ser condenada internacionalmente, y grandes esfuerzos diplomáticos y movimientos de oposición ciudadano se requieren para tratar de detener inmediatamente la guerra y cualquier escalada bélica y armamentista en la región y el mundo. La expansión de este conflicto nos podría llevar hasta una debacle planetaria sin precedente alguno.


Pero lamentablemente detener esta guerra no será suficiente. Hay cambios mucho más profundos que hacer. Como ya hemos dicho, la guerra es también un síntoma de un sistema en decadencia, y de un modelo civilizatorio en el cual la vida en la Tierra, ha quedado relegada a un segundo plano ante los objetivos de acumulación capitalista y poder geopolítico. En nombre del desarrollo, la civilización, el progreso, la Seguridad Nacional, se ha derramado demasiada sangre, se han devastado demasiados ecosistemas, hasta el punto de llevarnos a esta situación planetaria límite. En este sentido, Putin, Biden, la Unión Europea, Xi Jinping, finalmente encarnan variantes del mismo proyecto civilizatorio.


Alinearse a los grandes señores de la guerra no es la única alternativa. Muy al contrario, no parece haber otra opción que desertar de ella y sus lógicas; buscar la convergencia de los no alineados, abrir todo camino que se oriente a la vida. El contexto de descomposición, confusión y extravío político exige una activa participación social y ciudadana, poblaciones movilizadas demandando el básico y fundamental derecho a existir. Los cambios de fondo difícilmente vendrán desde arriba.


Hoy, así como las protestas antiguerra en Rusia y la resistencia popular en Ucrania son cruciales, del mismo modo lo son los movimientos por la justicia climática, los anti-nucleares, los eco-feminismos y las resistencias de pueblos indígenas y campesinos, por mencionar algunos referentes. En esencia, lo que comparten directa o indirectamente estos pueblos en movimiento es precisamente su lucha por la vida.


En todo el mundo se generan alternativas sistémicas, redes de economía solidaria urbana y rural, grupos que promueven la transición energética justa y ecológica, alternativas agroecológicas y en pro de la soberanía alimentaria, círculos de movilidad sostenible, entre otros. Todos estos luchan por emerger como una opción de cambio global.


Este cambio no podrá ser sólo tecnológico; debemos modificar radicalmente nuestros estilos de vida; la transformación deberá por tanto ser también cultural, una forma distinta de ser y estar en la Tierra que coloque la vida en el centro, que se base en una ética con la alteridad, una ética ambiental. No hay recetas para enfrentar un escenario tan complicado como el que nos ha tocado vivir. Hay muchas más preguntas que respuestas. Pero la expansión de esta guerra nos llevaría hacia el abismo.


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*Emiliano Teran Mantovani es sociólogo venezolano y ecologista político, candidato a Phd en Ciencia y Tecnología ambientales por la Universidad Autónoma de Barcelona, y miembro del Observatorio de Ecología Política de Venezuela.

https://www.alainet.org/es/articulo/215103
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